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La máquina socialista necesita gasolina.

En los anaqueles de los supermercados venezolanos no hay papel de baño, pero eso es culpa de los empresarios que desde esa estratégica posición intentan un complot para derribar al gobierno bolivariano de Venezuela.

Ésa es la visión de un presidente acorralado en su necedad de que en su mundo no pasa nada. Y así como no hay papel higiénico, no hay otros tantos productos de higiene y alimenticios que tienen a esa sociedad en un peligroso filo de hartazgo, ante quien se supone les traería un mundo de progreso inspirado en la visión mesiánica de Hugo Chávez.

Pero hasta la maquinaria más revolucionaria y socialista necesita gasolina, y hoy ese combustible no es rentable para un país tan dependiente de sus exportaciones petroleras.

El crudo de tan alta calidad que se extrae en el Orinoco hoy vale apenas unos cuantos dólares, insuficientes para sostener a un país y a un grupo de naciones satélites que vivían del intercambio de adulación política por petróleo. Se acabó.

No es gratuito que mientras Nicolás Maduro se apura a tratar de conseguir lo que sea entre sus naciones aliadas, los cubanos reciben en La Habana a la primera delegación de congresistas estadounidenses que van a plantear los términos de la regularización diplomática de ambos países.

Si no hay ya petróleo venezolano para Cuba, los dólares estadounidenses pueden perfectamente bien cubrir ese hueco financiero. Total, no hay nada más ecléctico en estos días que un gobierno revolucionario.

Nicolás Maduro se está quedando solo y a los únicos que tendrá aclamando por respuestas será a los acreedores. La calificación crediticia de Moody’s recién degradada a “Caa3” anticipa que no parece posible que Venezuela cumpla con los vencimientos, por más de 10 mil millones de dólares comprometidos para este año.

Lo peor de todo es que Maduro se deja ver como un animal herido, agresivo y dispuesto a atacar. La población está enojada, incluso las hordas bolivarianas están decepcionadas, necesitadas. La oposición es generalizada. Pero la reacción puede ser por demás violenta.

En el desesperado viaje que acaba de realizar Maduro por diferentes países aliados lo que encontró fueron fuertes promesas, muy buenos deseos y no pocos espaldarazos, pero no regresó a casa con esos dólares para sobrevivir.

Sus socios del barrio están en circunstancias similares. Brasil o Argentina no están como para abrir la cartera y respaldar al otrora mecenas energético. Y el único apoyo continental que podría encontrar, en Washington, pasaría por la primera e indispensable condición de un cambio político radical.

Cuente las horas antes de que Venezuela brinque a las primeras planas por su precaria situación social, derivada de la quiebra del gobierno de Nicolás Maduro y la cercana bancarrota económica.

Ya habíamos comentado que por el estilo estarán Rusia e Irán, entre otros países con regímenes egocentristas y de corte autoritario. Pero hoy la atención está puesta en el sur del continente.

La gente de aquel país sufre, su presidente no entiende y el tiempo se acaba.

No es culpa de la caída de los precios del petróleo, es cuestión de haber generado una fantasía revolucionaria que estaba pletórica de planes imaginarios de cambiar el mundo hacia algo que simplemente no existe.