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Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que quiere un tren de pasajeros entre México y Querétaro y que para ello ya está en pláticas con la firma que tiene la concesión de ese tramo ferroviario, Canadian Pacific Kansas City, fue imposible olvidar el destino de los tramos de Ferrosur en la región del istmo de Tehuantepec.

Cuando López Obrador quiere algo, los estudios de factibilidad, de costo de oportunidad, o cualquier otro planteamiento mínimo indispensable de viabilidad sale sobrando.

Ninguno de sus tres principales proyectos de infraestructura cumplen con partir de estudios previos para determinar si son viables. El Presidente los quería y eso fue suficiente para gastar en ellos.

El peor negocio ha sido cancelar un aeropuerto en construcción, con un avance de 30% en su edificación, que planeaba ser un hub y no sólo un destino final, que estaba en una zona que respetaba la demanda, para cambiarlo por el parche en una terminal militar, lejana de su centro de consumo, que ahora está convertido en el elefante blanco llamado AIFA.

La refinería de Dos Bocas, planeada con un presupuesto y en un tiempo de entrega irreales, para surtir un mercado decadente y, también, lejos de los centros de consumo. El resultado una construcción que está lejos de terminarse y que ya rebasó en 100% el presupuesto contemplado.

Si al Tren Maya no se lo come en unas décadas la selva, pues se comerá el presupuesto para mantenerlo operando en aquellos tramos donde claramente es inviable. Sin contar la devastación ecológica que ha implicado su construcción.

Y el tren transístmico, el único proyecto con algo de sentido económico, tuvo que avanzar con la expropiación de activos y la cancelación de una concesión en manos de Grupo México.

Y de los creadores de toda esta debacle de infraestructura sexenal llega ahora la ocurrencia de “quiero un tren a Querétaro”.

La primera reflexión es política. En el pensamiento presidencial hay una especie de certeza de continuidad como para pensar en un plan de infraestructura que necesariamente será transexenal.

Ahora, cuando el Presidente dice que ha estado en pláticas con la empresa concesionaria para que se haga un tren de pasajeros entre México y Querétaro, es inevitable pensar que también estuvo en pláticas con Grupo México para quedarse con las vías de Ferrosur, con el resultado que conocimos.

Es un hecho que, si fuera negocio tener un tren entre México y Querétaro para transportar pasajeros o sustituir la saturación de transporte de carga en esa carretera, ya estaría operando.

Antes de pensar en un tren México-Querétaro viable, habría que ordenar la anarquía del transporte de carga por carretera, cerrar las puertas a la informalidad y hasta evitar que el pasaje de los autobuses suba y baje al pie de la carretera.

El punto es que un proyecto de ese tamaño necesita, de entrada, la confianza de los empresarios de que si encuentran la viabilidad financiera del proyecto no llegue un día un decreto de expropiación que arruine sus inversiones.