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Valdría la pena conocer quiénes fueron los guapos que se arriesgaron a apostar por una cobertura de 76 dólares que México tiene como garantía para alguna parte de su producción petrolera para el cierre del 2015.

Es seguro que esos financieros deben tener más información que nosotros y esperan que su apuesta sea altamente rentable al final del próximo año, porque no hay inversionista que apueste para perder.

Pero en todo caso a eso se dedican, al riesgo financiero, y si lo siguen haciendo es porque seguramente sus retornos son importantes. Pero el gobierno mexicano no puede tener una actitud de casino y no debe basar sus finanzas públicas en un bolado petrolero.

Los precios del petróleo son impredecibles, querrá contestar algún funcionario federal. Y tiene toda la razón. Pero como dijo el filósofo de Juárez ante la posibilidad de que bajen los ingresos petroleros y se comprometa el presupuesto: pero qué necesidad.

Cuando Estados Unidos decidió cambiar su política energética de la vía militar a la del fracking, se podía anticipar que la gran potencia económica podría conseguir la última frontera de su independencia: la autosustentabilidad petrolera.

Si nos quedamos con el argumento de que los precios están temporalmente bajos por la baja demanda de hidrocarburos, por la crisis de Europa, China y Japón, sí podríamos pensar en una coyuntura pasajera.

Pero si vemos que hay un aumento importante de la oferta derivado de las nuevas tecnologías de explotación, entonces tenemos ante nosotros un cambio estructural de largo aliento.

Es verdad que la guerra de precios actual puede provocar un efecto negativo en los productores, pero los precios de equilibrio podrían estar en torno a los 70 dólares, no a los 100 de antes.

Fue un error que el gobierno federal se comprometiera con ellos mismos a que no haría más cambios en materia fiscal el resto del sexenio, porque corre el gran riesgo de incumplir con su palabra. Aunque claro, la camisa de fuerza fiscal que se puso el gobierno contiene letra chiquita, que habla precisamente de casos excepcionales. Del 2014 despreocúpese, en términos petroleros ya terminó desde hace dos semanas. El 2015 cuenta con las coberturas petroleras para paliar los faltantes.

¿Pero qué va a pasar con el presupuesto del 2016? ¿Qué sucederá con los programas sociales y proyectos de infraestructura que estén en marcha cuando 30% del gasto público se vea comprometido por la baja en el petróleo?

Si en septiembre el gobierno federal envía sus criterios de política económica, previos a la discusión presupuestal, con un estimado similar a los precios actuales de 65 dólares por barril, implicaría un derrumbe en el gasto público.

Y quedarían algunas salidas: menos gasto, con lo que eso implica en términos de crecimiento y de desigualdad social. Otra salida es seguir endeudando y desequilibrando al país. Y una tercera opción es llegar con una reforma fiscal verdadera que ponga en su lugar de ingresos extraordinarios a los dólares del petróleo y ubique a los ciudadanos como los contribuyentes básicos del Estado, como en aquellos países con los que gustamos compararnos.

Lo que el gobierno federal debería presentar en septiembre próximo es un paquete de reformas en materia fiscal que fomente el crecimiento e incremente los ingresos tributarios.