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Otro fin del mundo es posible, se titula un libro de Alejandro Gaviria. Después de escribir un título tan bueno, ¿qué más se puede esperar del autor? Gaviria es rector de la Universidad de Los Andes y fue Ministro de Salud en Colombia. Así explica las lecciones que dejó la pandemia. “Hizo evidente nuestra fragilidad como individuos y la vulnerabilidad de muchas cosas: los sistemas hospitalarios; las clases medias y la democracia liberal, por ejemplo”.

Gaviria participó en el panel con el que cerró el Festival Gabo, en Medellín. Con él estuvieron Rebeca Grynspan y Rosa Cañete. Tuve la fortuna de moderar este diálogo, dedicado a imaginar cómo será el 2021 y los años que siguen para América Latina. “Uno de cada tres muertos en el mundo por el covid es iberoamericano. Somos la región más afectada y, en cierto sentido, la que tiene más urgencia de reflexionar sobre las causas y sobre las alternativas. Necesitamos un pacto social para el siglo XXI”. Grynspan nació en Costa Rica. Fue Secretaria General Adjunta de la Organización de las Naciones Unidas y coordina la Secretaría General Iberoamericana, con sede en Madrid.

El nuevo pacto social debe partir del reconocimiento de la necesidad de hacer cambios muy profundos, dice Rosa Cañete: “La desigualdad explica en gran parte por qué nuestra región es tan vulnerable. Avanzar en la redistribución de la riqueza es indispensable para romper muchos círculos viciosos: el de la pobreza y el de la violencia, entre otros”. Cañete radica en Dominicana. Es coordinadora de la campaña Iguales, contra la desigualdad de Oxfam en América Latina y el Caribe. “Una crisis tan profunda como la que está ocurriendo nos permite pensar en cosas que serían imposibles en otros momentos. Por ejemplo, un impuesto a las grandes fortunas, destinado a financiar el sistema hospitalario y la protección de los grupos más afectados por la pandemia”.

Sólo cuatro países de la región tienen este tipo de gravámenes, entre ellos Uruguay. No es una buena idea tener una amplia reforma fiscal ahora, argumentan Gaviria y Grynspan: porque haría mucho más difícil la recuperación después de la caída del 2020. Cañete insiste, con un matiz: “una reforma muy amplia sería muy complicada en estos momentos, pero podría implementarse un impuesto a las grandes fortunas. Serviría para aliviar los problemas de financiamiento del Estado”. Recientemente, Argentina votó para implementar un impuesto de este tipo.

La reflexión sobre una reforma fiscal lleva a una mirada crítica hacia la primera década del siglo XXI, considerada como la Década Dorada por los enormes recursos que trajo para América Latina, producto del boom de las exportaciones de materias primas. Esa década hubiera sido ideal para hacer una reforma fiscal de gran calado en América Latina, coincidieron los panelistas. “En términos fiscales fue una década perdida. Quizá no volveremos a tener una oportunidad tan propicia”, valora Rosa Cañete.

Muchos de esos recursos se gastaron mal. No sirvieron para resolver los problemas estructurales. La crisis del 2020 nos ofrece la oportunidad de enfocar las cosas de otro modo, explica Gaviria: La solución a los grandes problemas es colectiva. “Este año nos ha enseñado la fragilidad de los individuos y la fortaleza de las comunidades, cuando éstas funcionan”.

A todos nos preocupa lo público, pero no hay que confundir con lo estatal, advierte Grynspan: “Necesitamos más sociedad civil. Hay que tomar en cuenta que el impacto de la crisis ha sido mitigado por la solidaridad de las familias y las redes de conocidos. Esto es una diferencia respecto a otras sociedades, como las europeas, donde mucho de esto lo hace el Estado”.

Los escucho y aprendo. Recuerdo al escritor libanés Amin Maalouf que dice: tenemos todos los medios para resolver los problemas de la humanidad; el verdadero problema es de dirección. No sabemos a dónde vamos”.