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Si sufrimos las consecuencias, aunque sean psicológicas, de la depreciación del peso frente al dólar y vemos que tiene mucho que ver con la baja drástica del precio del petróleo, ¿por qué no gozar a cambio de la disminución de los precios de los combustibles?

La respuesta inmediata es porque la reforma energética llegó tarde y ahora hay que esperar algunos años para que los precios de los combustibles se rijan por la oferta y la demanda y no por un decreto desde el gobierno en turno.

Si viviéramos en la normalidad de una economía de mercado como la que mueve la cotización del peso frente al dólar en el mercado energético, hoy tendríamos dólares arriba de 14, pero litros de gasolina en niveles de 10 pesos por litro.

Estados Unidos hoy tiene más problemas cambiarios que nosotros, porque allá deben enfrentar la realidad de una moneda cara que hace que su producción interna sea menos competitiva que las importaciones, eso tiene un precio que ya veremos cómo lo pagan.

Pero tienen gasolinas en 2.50 dólares por galón. Un precio que aun si se pone en pesos de 14.30 por dólar, nos da litros de 8.90 pesos, no de casi 14 pesos, como lo venden hoy en las gasolinerías del país que no estén en la frontera norte.

En términos de finanzas públicas, estos precios permiten al gobierno tener una fuente de ingresos fiscales que suele ser deficitaria. Incluso, hace no muchos años se usaron más de 200 mil millones de pesos en subsidios para cubrir la diferencia entre los precios externos que subían y el precio para los consumidores mexicanos.

Seguro que desde la Secretaría de Hacienda podrían argumentar que así como ellos les echaron la mano a los consumidores con recursos de las arcas públicas para subsidiar los tanques llenos, ahora les toca a los automovilistas aportar más impuestos para paliar la baja por la venta del petróleo, que hoy es más escaso y más barato.

Eso sería propio de un modelo económico de justicia revolucionaria, no de una economía donde la libre oferta y demanda sea el eje rector. Y si bien no es de esperar que el próximo sábado, en lugar de gasolinazo tengamos un regalazo con litros de a 10 pesos, al menos deberían ahorrarse el décimo segundo aumento del año.

Y si por cuestiones de presupuesto ya contaron con ese incremento en sus gastos, bien podrían anunciar lo antes posible que el primero de enero no habrá aumento de 3 por ciento en los precios de las gasolinas y que se mantendrán todo el año con el precio que se fije pasado mañana con el último gasolinazo.

A diferencia del regalo populista que hizo Felipe Calderón durante el 2009, cuando congeló todo el año el precio de estos energéticos, en esta ocasión sí tiene una justificación económica por los precios internacionales.

Y si se mantiene alguna especie de subsidio no será por culpa de los automovilistas, sino por otras fugas de combustible como las ordeñas clandestinas o los regalos de energéticos al sindicato petrolero.

Pero si ya estamos pagando caros los dólares, al menos gocemos un poco de lo que está provocando esta nueva depreciación.