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En menos de un mes se cumplirá el octavo aniversario de la quiebra de Lehman Brothers, que marcó el inicio de la Gran Recesión y desencadenó una serie de estímulos monetarios sin precedentes para evitar una reedición de la Gran Depresión de 1929 y dar pie a una etapa de recuperación que está por cumplir siete años.

Sin embargo, el ritmo de crecimiento de la actividad económica a nivel global ha sido muy moderado e inconsistente en comparación con otros periodos históricos posrecesión. Aunque queda claro que la naturaleza de la Gran Recesión es muy diferente a la de la mayoría de las recesiones de los últimos 90 años, no deja de sorprender que en su séptimo año de recuperación la economía global aún da señales de fragilidad.

A diferencia de las recesiones cíclicas, la Gran Recesión tuvo como epicentro un grave problema de apalancamiento en el sector financiero y en los hogares de la mayoría de las economías desarrolladas. Este sobreapalancamiento contribuyó determinantemente a la creación de una burbuja en la demanda de bienes y servicios a nivel global, con especial énfasis en algunas clases de activos como los bienes raíces y los activos financieros.

Al reventar la burbuja, la economía global entró en un profundo y prolongado proceso de desapalancamiento que ha contribuido a que el rendimiento de cada dólar de estímulo monetario medido en crecimiento económico sea sumamente pobre en comparación con otras recesiones.

Como hemos mencionado en este espacio, los estímulos monetarios han servido para impulsar los mercados financieros y estabilizar hasta cierto punto la economía real. La actividad de los bancos centrales ha sido especialmente importante ante la ausencia de estímulos fiscales.

Vale la pena recordar que algunos países desarrollados -como Estados Unidos- implementaron estímulos fiscales temporales al inicio de la crisis, pero que en la mayoría de los casos fueron retirados rápidamente y fueron seguidos por fuertes medidas de austeridad.

Para una creciente cantidad de expertos, la política monetaria ha llegado a sus límites y es momento de actuar en términos de política fiscal. Expertos, como los premios Nobel de economía Paul Krugman y Joseph Stiglitz, e inclusive exmiembros de la junta de gobierno de la Fed, como Kevin Warsh, han reprochado la falta de voluntad de parte de los gobiernos para implementar medidas de estímulo de carácter fiscal con una visión de largo plazo.

Por su lado, Stiglitz y Krugman están de acuerdo en que se deben relajar las medidas de austeridad y otorgar un plazo más largo para que los países endeudados logren sus metas de reducción de déficit.

Esto no se debe interpretar como un pretexto para darle rienda suelta al gasto y olvidarse de la salud de las finanzas públicas, sino como una cuestión de ser más paciente y dar prioridad al gasto en sectores de alto impacto en la demanda agregada, como el financiamiento de los servicios básicos de la población, por ejemplo, la educación y la salud, dejando en un plano secundario la inversión en infraestructura y otros subsidios que tienen un retorno más limitado.

Para los que abogan por una mayor intervención fiscal, estas medidas servirían para robustecer la confianza del consumidor, reactivar la demanda agregada y resultar en tasas de crecimiento del PIB más aceleradas.

Adicionalmente, estas medidas contribuirían a paliar la creciente desigualdad social que se ha suscitado en algunos países desarrollados como consecuencia de la globalización.

Japón recientemente anunció un programa de estímulos fiscales y algunos expertos anticipan que Estados Unidos podría hacer lo propio con la elección de Hillary Clinton.

Aunque estos estímulos podrían estar más enfocados en proyectos de infraestructura que en servicios básicos y podrían tener menor rentabilidad social y económica, el hecho de que los gobiernos estén en condiciones de llevarlos a cabo es una buena señal.