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Uno de los secretos de la productividad de la planta compartida entre Shell y Pemex en Deer Park, Texas es que no tenían el lastre del sindicato petrolero encima que privilegiara las prebendas laborales sobre el objetivo de la compañía.

Otro de los puntos clave para que pudiera funcionar aceptablemente, en comparación con las instalaciones de Petróleos Mexicanos en territorio nacional, era que las utilidades se reinvertían para mantener en buenas condiciones al complejo petroquímico.

Una más de las claves del éxito relativo de esta facilidad industrial es que los productos que procesan los venden a precios de mercado sin tener que cumplir con el capricho de algún político que haya prometido gasolinas baratas a sus electores.

Esta refinería ahora tan famosa de Deer Park puede parecer un modelo, todo un caso de éxito, pero sólo si se compara con lo que Pemex ha hecho con sus propios activos. Pero la realidad es que esta empresa, que hasta hoy sigue en copropiedad entre Shell Oil Company y Pemex, tiene una deuda de casi 1,000 millones de dólares que seguramente le van a dejar a la parte compradora para que se haga cargo.

Además, el mundo entero está en una tendencia de cambio energético. Claro que no será inmediato, pero afectará la demanda de combustibles fósiles y las refinerías son instalaciones de mantenimientos muy caros. Convenientemente un tribunal holandés, país de origen de Shell, le acaba de ordenar reducir en 45% sus emisiones de contaminantes antes del 2030 y con esta venta ya adelantó ese trabajo.

Pero hay otros factores que pueden hacer de esta compra de la totalidad de la refinería en Houston, Texas, un muy mal negocio.

Primero, el margen de maniobra de Pemex no le permite cometer más errores financieros, sobre todo cuando ya carga con la barbaridad de construir Dos Bocas, que está llamado a ser una pésima inversión.

Pero lo que está detrás de esa refinería que se construye en los pantanos de Tabasco y de esta reciente intensión de compra de Deer Park es la obstinada decisión del presidente Andrés Manuel López Obrador de sustituir las decisiones del mercado.

Que no sea la oferta y la demanda la que marque los precios de las gasolinas, sino la decisión presidencial. Pero para ello, necesita el control de la producción del consumo local de gasolinas.

López Obrador está obsesionado con dos precios del mercado. Uno son las gasolinas y el otro la paridad peso-dólar.

La esperanza es que nunca logre el control de la Comisión de Cambios. Pero lo que ahora parece que puede lograr es el control de la distribución mayoritaria de las gasolinas.

Así, habrá un precio oficial de la 4T que no respondería al mercado, pero sí a la promesa de campaña de bajar los precios, con todo lo que eso puede implicar para las finanzas públicas.

La obcecación con los precios de las gasolinas es histórica en México. Hay más tolerancia a que suba el precio de la tortilla a que suba el precio de la Magna. Pero buscar esa soberanía energética a cualquier costo por motivaciones políticas será otro de esos errores históricos de estos tiempos.