La educación entre los mexicas

EnriqueOrtiz

Enrique Ortiz GarcíaTlahtoani Cuauhtemoc

Entre los 14 y 15 años los hijos de los plebeyos, tanto mujeres como hombres, entraban al Telpochcalli o Casa de la Juventud. Este era un drástico cambio en la vida de los jóvenes que habían pasado toda su vida la casa, parcela y chinampa familiar acompañados siempre por sus hermanos, padres y abuelos

Ilustración de Pierre Joubert.

 

Para la mayoría de las sociedades, tanto modernas y antiguas, la educación ha sido un tema de preocupación constante, principalmente porque los presupuestos y los recursos pocas veces son suficientes para hacerla accesible a toda la población manteniendo su calidad. Entre los mexicas que habitaban Tenochtitlán la educación pública para todos los sectores de la población fue una realidad.

Entre los 14 y 15 años los hijos de los plebeyos, tanto mujeres como hombres, entraban al Telpochcalli o Casa de la Juventud. Este era un drástico cambio en la vida de los jóvenes que habían pasado toda su vida la casa, parcela y chinampa familiar acompañados siempre por sus hermanos, padres y abuelos. Al dar este paso empezaban su transición de adolescente a hombre. Para evitar embarazos no deseados, distracciones y problemas, los jóvenes eran separados por sexo, lo que también permitía enseñarles diferentes tipos de conocimiento de acuerdo a los roles que jugarían dentro de su sociedad.

Entre los antiguos mexicas la educación iniciaba con las tareas domésticas. Imagen del códice Mendocino donde se ven a los jóvenes trabajando supervisados por sus padres.

 

Al parecer existían varios planteles de la Casa de la Juventud distribuidos entre los diferentes barrios de Tenochtitlán, siendo cada uno de ellos gobernado por un “director” llamado telpochtlatoh en el caso de la educación para los varones. Se trataba de un guerrero experimentado. En el caso de las mujeres no está claro quien era el responsable de los planteles, seguramente una mujer madura con amplios conocimientos en las tareas cotidianas del hogar.

Sahagún comenta que en estos espacios exclusivos para el sexo femenino se les enseñaba: “el linaje, las costumbres, ejercicios y doctrinas y buena vida”. A los varones en el Telpochcalli se les enseñaba primordialmente el arte de la guerra, ya que entre los 18 y 20 años de edad librarían su primera batalla como ayudantes de los guerreros veteranos fungiendo como “cortadores”, quienes terminaban con la vida de los agonizantes, y “amarradores”, quienes ataban a los enemigos derrotados para llevarlos a la retaguardia.

También eran usados como tropa ligera, arqueros y honderos, con el fin de manternerse fuera del alcance de los guerreros enemigos y debido a que los plebeyos desde temprana edad manejaban el arco y la honda, los cuales usaban constantemente para cazar.

El entrenamiento para la guerra que recibía incluía prácticas de tiro y puntería con el arco y la honda, el uso del lanzadardos, así como el combate a corta distancia usando el escudo o chimalli y las armas ofensivas, siendo la más relevante el macuahuitl. Es muy posible que entre los conocimientos que adquirían estuviera una especie de arte marcial cuyo principal propósito era inhabilitar o inmovilizar al oponente con el fin de capturarlo sin matarlo.

Sin duda dentro del Telpochcalli imperaban las actividades físicas intensas sobre el estudio, la oración y el trabajo mental.

Otros conocimientos que se les enseñaban eran la historia de su barrio y del pueblo mexica, buenos modales, tácticas militares y algo muy importante: la veneración y respeto a las deidades y a los gobernantes. Los valores que predominaban en las lecciones eran la humildad, la disciplina, el servicio, el valor y el arrojo en batalla.

A pesar de que se fomentaba la castidad, la norma en este aspecto podía llegar a ser laxa con el fin de evitar la homosexualidad entre los estudiantes, falta que se castigaba con la muerte. Incluso los maestros dormían en los aposentos comunales con los jóvenes para evitar que se concretaran coqueteos o el “pecado nefando”.

Los alumnos de estas instituciones realizaban tareas para el beneficio de su barrio como trabajar las tierras comunitarias, recolectar madera, limpiar los templos y avenidas, edificar chinampas, entre muchas otras.

Los jóvenes solamente abandonaban las escuelas para ir a comer con sus familias y para participar en las fiestas religiosas de los barrios o del culto estatal. Los Telpochcaltin tenían como dios protector a Tezcatlipoca, el espejo humeante, el eterno enemigo de Ehécatl-Quetzalcóatl, quien a su vez era el patrono del Calmécac, la otra gran institución educativa.

Un padre presenta a sus dos hijos frente al telpochtlatoh, un guerrero de alto rango militar. Noten el corte de pelo y la tilma hecha de cuerdas anudadas.

 

La educación era diferente cuando se trataba de los nobles, para quienes estaba reservado un espacio en el Calmécac.

Esta palabra del náhual significa “casa del morador” y al parecer solamente existía uno, ubicado dentro del perímetro del recinto ceremonial de Mexihco-Tenochtitlán. A través de investigaciones arqueológicas se ha ubicado el colegio de los nobles mexicas debajo de la cuadra ubicada entre las calles República de Guatemala, República de Brasil y Donceles. Incluso se puede visitar el pequeño sitio arqueológico ubicado en el sótano del Centro Cultura España, República de Guatemala #18, en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Al parecer en el Calmécac también se podían admitir a los hijos de los comerciantes de acomodada posición social, así como plebeyos con grandes capacidades e inteligencia. Esto se puede afirmar al considerar que los sacerdotes que regían estos espacios permitían la entrada “a los jóvenes de buenas costumbres, ejercicios, doctrinas y vida”. Este colegio era dirigido principalmente por sacerdotes, por lo que la educación dentro de sus aulas era sumamente rígida y dura al grado que también se le conocía como “la casa del llanto”.

El autosacrificio con espinas de maguey, los ayunos constantes y las largas sesiones de meditación eran parte de la cotidianidad dentro de este “monasterio mexica”. Se buscaba fomentar la templanza y anteponer el control de la mente sobre el cuerpo, ignorando el hambre, el miedo, el dolor y la debilidad.

Los futuros estudiantes del Calmécac empezaban sus estudios siendo prácticamente niños, ya que algunas fuentes afirman que ingresaban entre los seis y nueve años y otras alrededor de los 10. De acuerdo al pensamiento mexica, los hijos de los nobles y gobernantes iniciaban su educación a menor edad que los plebeyos debido a que al crecer sus responsabilidades y obligaciones hacia la sociedad serían mayores.

Desde esa temprana edad, los estudiantes se acostumbraban a dormir y descansar poco tiempo ya que las actividades no cesaban hasta altas horas de la noche y se reanudaban al antes del amanecer.

Una de ellas eran los baños rituales nocturnos que los estudiantes realizaban en las obscuras y frías aguas de la laguna de Tezcuco con el fin de purificarse. Otra actividad que realizaban por la noche era cuando los sacerdotes, acompañados de sus alumnos, partían hacía las lejanas montañas que circundan la Cuenca de México con el fin de realizar peticiones de lluvia, autosacrificios y ofrendas para las deidades de la fertilidad, entre ellas Tláloc y sus ayudantes: los tlaloque, quienes se pensaba que vivían en sus cumbres borrascosas.

Como lo mencioné, antes del amanecer los estudiantes eran despertados por sus maestros para que barrieran los salones y patios del Calmécac, así como los teocaltin de las deidades. También tenían que ir por leña durante las primeras horas de la mañana para alimentar los braseros, cuyo fuego ardía eternamente con el fin de proteger a las representaciones de los dioses con su luz y calor.

Estas actividades acentuaban los valores fundamentales de esta institución: el sacrificio, la abnegación y el fervor religioso.

Estos principios eran llevados a la práctica por medio de prácticas diarias de sacrificio personal como atravesarse los genitales, pantorrillas, lóbulos de las orejas, lengua y brazos espinas de maguey o punzones hechos de hueso con el fin de extraer sangre y ofrendarla a las deidades.

Otro ejemplo de esta educación “espartana” eran los ayunos a los que eran sometidos sus estudiantes, quienes pasaban días y días comiendo solamente trozos de tortilla seca y tomando agua.

Tlamacazque o sacerdote mexica sentado frente del Calmécac. Códice Mendocino.

 

No todo en el Calmécac era sufrimiento y privaciones, también había una vastedad de conocimientos, profundas ideas filosóficas y los mejores maestros de Tenochtitlán, tanto del campo intelectual como del militar.

A los jóvenes que ingresaban se les enseñaba administración, astrología, estrategia militar, diplomacia, retórica, oratoria, a refinar su comportamiento, combate y una vastedad de aspectos asociados con la religión como la interpretación de los sueños, presagios y designios de los dioses, cantos y danzas sagradas, adivinación, la cuenta de los años, ceremonias y rituales, el complejo panteón mexica, a “leer” los códices, entre muchas otras cosas.

No cabe duda que los gobernantes, embajadores, funcionarios, sacerdotes, administradores, y grandes hombres de armas de Tenochtitlán, entre ellos capitanes y generales, estudiaron en la “Casa de la negrura” soportando estoicamente todas lecciones impartidas por los devotos sacerdotes. Cabe mencionar que a los jóvenes consagrados a Ehécatl-Quetzalcóatl se le tenía nula tolerancia cuando rompían alguna regla importante del instituto educativo.

Los homosexuales eran ejecutados, así como los que rompían su promesa de castidad o eran descubiertos robando. La misma suerte estaba reservada para quienes eran descubiertos en estado de ebriedad. A los estudiantes que dijeran mentiras o fueran irrespetuosos con el lenguaje se les punzaban los labios y la lengua de un extremo a otro como una forma de purificación.

Es interesante comparar al Telpochcalli con el Calmécac y entender lo diferente que era su educación, lo que era representando conceptualmente por las deidades antagonistas que regían a estas escuelas: Tezcatlipoca para el primero y Ehécatl-Quetzalcóatl para el segundo.

Esta confrontación mítica de las dos deidades creadoras podía manifestarse abiertamente en las calles de Tenochtitlán durante los diferentes festejos religiosos, la veintena llamada Atemoztli. En dicha celebración los estudiantes de ambas instituciones combatían de forma simulada.

Sin embargo, cuando los ánimos se calentaban la escenificación podía volverse una verdadera gresca con descalabrados y heridos. Como se mencionó previamente, la enseñanza en el Telpochcalli estaba enfocada a las actividades físicas como la danza el canto y la guerra con el fin de mejorar de las cualidades competitivas de los jóvenes, desarrollando y destacando virtudes como la victoria, el valor y la bravura, la fuerza y la destreza.

Mientras que en el Calmécac se buscaba la abnegación, la sabiduría, la templanza, el bien común, la mesura, el valor marcial, así como el abandono de los placeres vanales de la vida siguiendo el ejemplo de los maestros, quienes llevaban una austera vida religiosa. La meditación, el ayuno, la castidad, el autosacrificio y el estudio eran actividades primordiales del Calmécac que el jóven del Telpochcalli no encontraría el sentido de realizarlas.

Finalmente, es importante aclarar que a pesar de todo el estudio que conllevaba la vida dentro del Calmécac, sus estudiantes eran diestros guerreros, oficio primordial dentro de la nobleza mexica.

Enrique Ortiz García
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