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Debe ser un gusto culposo, imposible de confesar para los que tienen la obligación de contener las presiones inflacionarias, el hecho de que la confianza de los consumidores se mantenga deprimida.

A nadie en su sano juicio le puede alegrar que haya compradores enojados y preocupados por la condición actual y futura de sus hogares y el país, pero en momentos de presiones en los precios como los actuales, la baja demanda ayuda a la contención.

No deja de ser contradictorio el resultado que se obtiene de la encuesta con la que se elabora el Índice de Confianza del Consumidor, porque su comportamiento es contrario a no pocos indicadores de ventas que si bien no son exuberantes, sí tienen una tendencia alcista.

La teoría dice que los consumidores desconfiados limitan sus compras, lo que se convierte en un control natural de los precios por las fuerzas del mercado. La baja demanda se puede suicidar con un aumento de precios.

Evidentemente que si los costos no dan para otra cosa, los precios para los productores suben, pero no todos tienen la posibilidad de traspasar esos incrementos a sus clientes, ya sea por esa previsible pérdida de mercado, o bien, como una opción de sacar del mercado al competidor que sí tenga que reetiquetar.

Si cruzamos las gráficas de la inflación al consumidor, con la inflación al productor y agregamos la confianza del consumidor, veremos que el pesimismo colabora con el incremento en las tasas de interés para mantener al Índice Nacional de Precios al Consumidor (INPC) justo en la meta oficial de 3 por ciento.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) reportó un incremento del INPC anualizado en septiembre pasado de 2.97 por ciento. Lo primero que llama la atención es que la inflación subyacente, que elimina los factores volátiles, ya rebasó a la medición general y desde hace seis meses tiene un registro superior. El mes pasado fue de 3.07% en términos anuales.

El mismo instituto dio cuenta de la inflación al productor que presenta ya un registro anualizado al cierre de septiembre de 6.40%, que es el doble de la inflación general.

Gráficamente, el indicador de inflación al productor en lo que va del año, en especial la inflación de bienes intermedios tiene la trayectoria de un cohete a la luna, que pasó de una inflación negativa en diciembre a un aumento de 7% en septiembre. Y le digo que se nota la desconfianza de los consumidores en la inflación porque hay productos a los que difícilmente se puede renunciar, como los alimentos que tienen aumentos tan altos, como 11.52% de inflación de las frutas y verduras.

Hay otros productos, como las mercancías, que tienen una inflación en línea con la inflación general, porque tienen que equilibrar entre la baja demanda y los aumentos de precios de sus bienes intermedios. Y de plano la inflación de los servicios se mantiene por debajo del índice general porque subir precios es perder mercado en este mundo de desconfiados y desanimados consumidores.

Por supuesto que la desconfianza es un lastre terrible para la economía, tiene que ser la política monetaria la que contenga cualquier presión inflacionaria, pero en este momento crítico ayuda a la limitación del gasto de los consumidores.