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No hay un análisis racional en la insistencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de paralizar durante más de un mes el gobierno del país más poderoso del mundo para conseguir los recursos para la construcción de un muro fronterizo que puede ser vulnerado por arriba, por abajo y por en medio.

Pero no es un asunto de racionalidad, sino de mera emoción. Es la forma que tiene el candidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos para las elecciones del 2020, para mantener encendidos los ánimos de una clientela política que se rige por los sentimientos, más que por los conocimientos del tema migratorio.

El racismo que subyace en la intensión de enjaular a los “diferentes” del sur, alimenta las intenciones reeleccionistas del radical que gobierna desde la Casa Blanca.

Hay otros radicalismos que, aunque geográficamente más lejanos, tendrán un impacto a nivel global.

La salida del Reino Unido de la Unión Europea fue también decidida sobre una plataforma de emociones. Los radicales británicos explotaron esa vena del sentimiento de superioridad de los súbditos de la Reina Isabel II para propiciar que la mayoría de los que decidieron participar en un referéndum optara por el rompimiento.

Así, un verdadero problema de invasión laboral que sufrían los británicos se convirtió en una amenaza de seguridad nacional y de inestabilidad global.

Hoy mismo, la primera ministra británica debe someter a votación del Parlamento un plan B del Brexit, después del rechazo humillante del plan original, hace prácticamente dos semanas.

Este llamado plan B es un Frankenstein que incorpora pedazos que resulten aceptables para los laboristas, pero sin enfurecer a los conservadores. Es un acuerdo que, si pudiera milagrosamente lograrse, no dejaría contentos ni a whigs, ni a tories, ni a nadie en el reino británico. Eso es un hecho.

El Reino Unido va a dejar la Unión Europea dentro de exactamente dos meses. El viernes 29 de marzo de este año se dará el rompimiento.

La esperanza era que, tras la decisión social de abandonar la unidad europea, se diera una negociación que facilitara las operaciones laborales, comerciales, financieras y hasta territoriales.

Pero si no hay un acuerdo que tenga el visto bueno de los 27 países restantes de la Unión Europea y del Parlamento británico, se dará un Brexit nuclear.

El consorcio británico de comerciantes al menudeo advierte que los anaqueles en los mercados de productos de consumo se vaciarán, por la dependencia alimentaria que tienen de la Europa continental.

El sistema financiero pasará una factura inmediata con una inevitable factura recesiva. Millones de trabajadores comunitarios se convertirán de un día para otro en ilegales.

Hay literalmente miles de aristas en este proceso de rompimiento. Desde lo más trivial, como conseguir músicos extranjeros para la Asociación de Orquestas Británicas, hasta el enorme problema que será la frontera con Irlanda.

Los alcances de esta crisis serán mundiales y muy profundos para los europeos. Y son ahora los mismos británicos, los que en su momento apoyaron mayoritariamente la salida del bloque, los que hoy empiezan a calcular los efectos de sus actos.

La consultoría británica YouGov revela que 62% de los británicos se siente infeliz con este proceso de rompimiento.

Si en estas horas no hay un acuerdo sensato y hasta milagroso en torno a la salida británica de la Unión Europea, hay que empezar los preparativos para un Brexit nuclear de consecuencias todavía no sospechadas para el mundo entero.