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En los hechos, el proyecto puesto en marcha por el presidente Joseph Biden está en el rumbo de las más radicales propuestas de cambio hechas por los demócratas: las de Elizabeth Warren y Bernie Sanders.

Sus decisiones, sin embargo, no han provocado las reacciones virulentas que provocaban las propuestas de Sanders y Warren. De hecho, han suscitado altos apoyos en la opinión pública, y la anuencia, o al menos la no guerra, de los previsibles amenazados con alzas de impuestos.

¿Cómo ha podido Biden avanzar este proyecto revolucionario de gobierno sin polarizar al país? La respuesta de Ben Mathis-Lilley en Slate es perspicaz y convincente (https://bit.ly/3fZ8rtX).

Biden ha podido colar su propuesta de una “guerra de clases sin guerra” por la inteligencia y la moderación de su lenguaje. Ahí donde Sanders y Warren declaraban las hostilidades y señalaban adversarios, Biden habla con suavidad, no particulariza y propone acuerdos, no batallas.

Sanders y Warren se cansaron de señalar al enemigo: “las compañías de seguros privadas”, “la industria farmacéutica”, “Walmart”, “la industria de comida rápida”, “la América Corporativa”, “la industria de combustibles fósiles”, “el 1 por ciento más rico”, “Wall Street”.

El discurso de Sanders y Warren para referirse a ese mundo incluía con frecuencia las palabras “destruir”, “codicia”, “odio”, “mentiras”, en el contexto de una batalla por ser librada en cada frente.

Biden, dice Mathis-Lilley, “ha adoptado el lenguaje de la izquierda en muchos aspectos, haciendo referencias frecuentes al 1 por ciento beneficiado por los recortes de impuestos de Trump”, pero subrayando la idea de “premiar el trabajo, no la riqueza” y expresando su preocupación por los que han sido “dejados atrás” por los “de arriba”.

Y el cambio de paradigma ha zarpado no en medio de una batalla fragorosa sino de una “guerra de clases, sin guerra”. Moraleja para transformadores: se pueden cambiar las cosas sin hablarle a gritos a la historia.