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La economía de Estados Unidos es así. Pasó de un enorme déficit a la corrección fiscal vía recortes al gasto y ahora los planes a futuro son volver a gastar por arriba de los ingresos, para después corregir el desequilibrio en los años por venir.

Pero eso sólo se logra en una economía con el músculo de la estadounidense.

Barack Obama pudo recomponer el enorme déficit que le dejó como herencia George W. Bush aun con la oposición del Congreso de mayoría republicana. Vía el recorte al gasto, el demócrata reequilibró los presupuestos aun en tiempos de bajo crecimiento.

A la par que la política fiscal estaba ausente como un motor para el crecimiento económico, la autoridad monetaria salía al quite con las tasas de interés históricamente bajas y con planes de excesiva liquidez que invitaban a gastar, no a ahorrar.

Ahora que la corrección fiscal es aceptable, a pesar del enorme crecimiento de la deuda pública, el reto es hacer que la economía entregue el bienestar que ciertamente ha perdido la ciudadanía.

Y ahí tanto Donald Trump como Hillary Clinton le ponen su toque keynesiano a sus propuestas económicas y proponen gastar recursos públicos para la creación y mejora de la infraestructura de su país.

Hay coincidencias en otras áreas y enormes divergencias en tantos otros sectores económicos, pero la visión de gastar desde el gobierno en infraestructura parece ser compartida; por lo tanto, todo indica que eso habrá de suceder a partir del próximo año en Estados Unidos.

Un gasto superior al ingreso que se pierde en las corruptelas, en el gasto corriente o en obras inconclusas o inconexas, que además tiene pocas fuentes de financiamiento, arroja problemas de desbalance financiero como el mexicano.

Pero un gasto por arriba de los ingresos, controlado, dirigido a la creación de infraestructura, con los controles de calidad y probidad en el ejercicio, y sobre todo bien financiado es una muy buena decisión que sólo pueden rechazar los muy ortodoxos amantes de los equilibrios presupuestales en el papel.

México ha gastado de más, se ha creado un problema macroeconómico y no se notan los resultados de ese déficit.

El plan estadounidense, al menos de Hillary Clinton, es gastar de más en mejorar carreteras, aeropuertos, puertos y otras facilidades de uso social para que después entre la actividad económica mejorada y un aumento en los impuestos de los contribuyentes más acaudalados se pueda pagar el desbalance que se genere.

Los planes económicos de Clinton inevitablemente pasan por una limitación del comercio externo; por ahora en campaña tiene que hacer guiños a los crecientes grupos proteccionistas.

Tiene que tener como base los planes sociales como la extensión de la educación preescolar, como el aumento del salario mínimo hasta 15 dólares por hora, porque tiene que tener contentos a los grupos que apostaban por Bernie Sanders.

Y tiene que prometer que no habrá alza en los impuestos de la mayoría de los trabajadores, sólo para los más ricos estadounidenses. Y esto lo promete porque tiene que ganar las elecciones.