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Acabo de terminar la lectura de un ligero libro de Laura García Arroyo, que me prestó la Dra. Graciela, mi hermana, desobedeciendo el principio que rige el préstamo de libros: pendejo es el que presta uno, pero más el que lo regresa.

La señora García Arroyo es una auténtica dama española del bien decir, chilanga antigua, y participa desde hace muchos años en un programa de televisión del Estado mexicano llamado La Dichosa Palabra. Programa, mujer, compañeros, y libro están dedicados a una vulgarización de la filología: investigar significados, orígenes, implicaciones y anécdotas de nuestro hablar y escribir. El libro se llama “Fundereleke y más hallazgos de la lengua”. Incursiona en palabras que nos suenan, como núbil arrebujar, hasta novedades como zupia, que son los rastros que el vino tinto deja en el fondo de las copas del día siguiente, o el significado de los abuelos en la cabellera. Y dejo fuera la voz del título, fendereleke, que también tiene su historia.

Menciono todo esto para entrar en mi fascinación vieja por las palabras en base a su sonoridad. Desde siempre me encantan voces como Bandaranaike, Panamaribo o Titzipandácuari, sin relación alguna con su significado. De la familia de esas voces de mi memoria son fundadoras Tripoli, Sidón y Tiro, de mi escuela secundaria. Las tres ciudades, me enseñaron, claves de la antigua Fenicia, cuna del comercio y el transporte, que son los dos remos que impulsan la comunicación; de ahí a diez minutos de la civilización y la cultura: al ser humano, vamos.

Por ese rumbo se ubica hoy la que hace cincuenta años era considerada la Suiza del Oriente, un Líbano próspero y moderno, pero también los radicales del pensamiento del Islam como Irán, Irak, Siria o Yemen. También Gaza, Israel o las alturas del Golan. ¿Por qué será que los conflictos insoportables de nuestro tiempo nos regresan a los sitios ancestrales de la historia humana?

En ese furúnculo de nuestra historia contemporánea, uno de sus purulentas llagas acaba de reabrirse dramáticamente. Tanto, que nadie sabe si lo que que está pasando en Siria es una reedición de las llamadas Primaveras -de Praga, árabes, de dónde sea- o un capítulo más de la enajenación que causa el armamento. Rusia, tan emproblemada que está con la guerra de Ucrania, abandonó el apoyo que le daba a Al-Assad, el (¿último?) dictador del camino a Damasco. Nadie osa darle un nombre a las cosas.

Ojalá que el problema fuese como el del Fundereleke, que es la cuchara mecanizada con la que sirven los helados.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (mientras se aclara si son peras o son frutos de los mismos olmos de antes): Desde el punto de vista político -eso es pragmático- la disposición del gobierno de México de pedirle a Trump que, si ya está en eso de deportar gente, que mande a nuestro territorio solamente a los indeseables mexicanos; que a los demás, sean de Honduras, Cuba, Venezuela, Ucrania o el África negra, los mande a sus países de origen, puede sonar inteligente. Desde el punto de vista humanitario no lo es. Particularmente no es consecuente con la tradicional política mexicana de acogimiento generoso de los débiles y los vencidos. No repiquemos la teoría xenófoba de Trump, quien desconoce que su país, como el nuestro, ha sido conformado por inmigrantes.

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