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El neoliberalismo no es del todo malo, dijo el presidente Andrés Manuel López Obrador y con ello le puso una patada al avispero de sus seguidores que se habían quedado con la idea de condenar todo lo que sonara a tecnócrata y neoliberal.

Más allá de que ahora la feligresía lopezobradorista va a tener que vivir con esa confusión mental, la realidad es que es fácil darse cuenta de que muchas de las políticas de este régimen son, precisamente, neoliberales, pero aderezadas con un discurso populista.

Libre comercio, finanzas públicas sanas, favorecer la inflación baja sobre un crecimiento artificial, en fin.

No hay medida más tecnócrata que dejar a la gente más pobre sin ayuda en plena crisis por la pandemia para no aumentar los niveles de endeudamiento público y evitar el incremento del déficit fiscal.

Claro, están también las obsesiones nacionalistas de López Obrador, como querer todo el petróleo para Pemex y toda la electricidad para Manuel Bartlett.

Y el aderezo autócrata que a veces le gana, como ordenar la destrucción de un aeropuerto para parchar la terminal militar de Santa Lucía, hacer un tren que nadie quiere en medio de la selva o una refinería que será uno de los peores negocios del Estado.

Es una combinación entre visiones de sentido común y decisiones esquizofrénicas que dan forma a esto que hoy se amalgama en la llamada 4T.

Los programas asistencialistas crean seres humanos dependientes de las dádivas gubernamentales, pero disminuir el ritmo de ese gasto público cuando bajan los niveles de ingreso es de un neoliberalismo impecable.

El subejercicio inducido de más de 100,000 millones de pesos en el gasto público con respecto al programado, cuando hay bajas en la recaudación de impuestos como el IVA es de un nivel de responsabilidad de los funcionarios de la Secretaría de Hacienda que haría llorar al más tecnócrata de los que hayan pasado por esas oficinas. Aplausos.

Va a costar a los ingresos tributarios del país entre 300,000 y 500,000 millones de pesos el dejar de cobrar el Impuesto Especial sobre Producción y Servicios a las gasolinas. Es un subsidio regresivo, beneficia a los más ricos y resta recursos a los más pobres, pero es la mejor medida que puede tomar este gobierno para contribuir al control de la alta inflación. ¡Una belleza neoliberal de primera!

Si tan solo se despabilara el Presidente de sus viejas ideas del sector energético y se diera cuenta del potencial que tiene México si facilitara las inversiones privadas en energías limpias, dispondría de muchos más recursos para sus programas clientelares.

Porque ese podría ser su sello para la historia, más recursos para sus becas y sus árboles frutales.

Si tan solo no se aferrara con sus demostraciones de poder, como la cancelación del Aeropuerto de Texcoco, tendría la confianza de los inversionistas que tantos réditos fiscales podrían aportar.

Pero bueno, no se puede todo. Por ahora, son buenas noticias que la hacienda pública de la 4T privilegie el mantenimiento de las finanzas públicas lo más sanas posibles.

Es una buena obsesión presidencial que parece habrá de ser una herencia positiva para quien le suceda.