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Los bancos centrales empezarán a sentir mayor presión política cuando llegue ese punto en el que la inflación muestre una tendencia a la baja y las tasas de interés se mantengan altas.

Hay un consenso casi generalizado del daño que producen los altos niveles inflacionarios entre la población, sobre todo en los sectores de menores ingresos. Esto genera enorme tolerancia ante las agresivas políticas monetarias que elevan el costo del dinero de forma significativa y en corto tiempo.

Sin embargo, esa medicina monetaria tiene efectos secundarios en las finanzas de los países, las empresas y las familias. Deudas más caras y una menor actividad económica.

Ha sido fácil para los políticos echarle la culpa al mundo de los incrementos inflacionarios. Entre los efectos de la post pandemia, la invasión de Rusia a Ucrania, las cadenas rotas de suministro y hasta la falta de semiconductores, están a la mano para una excusa externa y así sacudirse ese costo y no tener que rendir cuentas por ello.

Pero regresar a los terrenos negativos en la economía, cuando apenas vamos de salida de la recesión provocada por el confinamiento de la Covid-19, ya provoca otro tipo de reacciones sociales.

Los costos políticos se volverán más locales y cada país o región tendrá que buscar sus equilibrios entre el costo del dinero, su inflación y la realidad de un crecimiento menor o hasta una recesión.

En China, por ejemplo, ahí es un mismo mando para las decisiones de política monetaria y fiscal, y no hay manera de hacer público ningún tipo de desacuerdo con lo que dicte el gobierno central de Xi Jinping.

Europa, con su Banco Central Europeo y su moneda única, regresará a la eterna discusión de los crecimientos dispares entre las naciones con diferentes niveles de desarrollo, con la agravante de que la crisis energética podría mantener alta la inflación y además con un estancamiento económico prolongado.

Estados Unidos, con Joe Biden en el poder, podría tener algún tipo de manifestación del ejecutivo respecto a la política de la Reserva Federal (Fed) en el esperado caso de que, realmente, se notara el próximo año una baja en la inflación y la economía estadounidense cayera nuevamente en recesión. Si fuera Donald Trump el presidente, había una guerra abierta contra la Fed.

Y en México, bueno. Seguro que al Banco de México le dedicarán muchas mañaneras para denostar a los banqueros centrales a los que sin duda acusarán de fallarle al pueblo por hacer su trabajo como saben y no como quiere el Presidente.

Seguro se diría arrepentido de haber nombrado a más de un integrante de la Junta de Gobierno y no faltarían los expedientes para ablandar los votos a su gusto.

Lo curioso es que, a pesar de la expectativa mundial de desaceleración, la Secretaría de Hacienda de López Obrador promete un crecimiento de 3% del Producto Interno Bruto (PIB).

Cuando esta expectativa falle y se incremente el nivel de deuda respecto al PIB y los ingresos fiscales sean insuficientes, ahí es donde querrán quemar en leña verde a los banqueros centrales mexicanos.