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Andrés Manuel López Obrador es el presidente que más poder ha concentrado en la historia reciente.

No estamos ante el viejo régimen priista, por supuesto, pues ahora la economía está globalizada, la sociedad es más compleja, las elecciones cuentan, hay pluralidad en los medios y las redes derraman ácido en la discusión pública.

Y, sin embargo, su capacidad para encauzar el debate, hacer que las cúpulas se plieguen, tomar decisiones que afectan todo tipo de intereses sociales y resistir la protesta pública, es indiscutible.

El fin de los apoyos a las guarderías, la desaparición de los fideicomisos o el cambio que apenas avaló en el Poder Judicial, hubiesen puesto contra la pared a sus predecesores y probablemente los habrían orillado a desistir.

La situación no deja de sorprender, pues, como ha expuesto Moisés Naím, los gobiernos enfrentan sociedades más difíciles de contener, mejor comunicadas, más exigentes y con más alternativas. Estamos ante el “fin del poder”.

El desafío es para todos los poderes establecidos. Ya vimos cómo los fanáticos del futbol descarrilaron el intento de los equipos más ricos de Europa para crear una copa al margen de la Champions. Ahí está también la revuelta de los microinversionistas de Estados Unidos frente a Wall Street.

El triunfo de López Obrador también fue una rebelión contra las élites. Y es en este repudio donde se ancla su legitimidad, su aprobación y su capacidad para actuar. Como dice Naím, “el poder necesita una audiencia cautiva”. Y, hasta hoy, el Presidente la tiene.

Por ello, las revueltas en las calles han estado bastante contenidas, salvo la de los colectivos feministas que sí ha puesto en apuros al gobierno. Pero aun en este caso las movilizaciones han sido intermitentes y, por la naturaleza misma de estos grupos, sin liderazgos visibles.

Al Presidente también le ayudan las mayorías en el Congreso. Desde 1997 no teníamos un gobierno con tanto margen de maniobra para lograr la aprobación de sus iniciativas. Nadie brilla entre los legisladores opositores ni en las cúpulas de sus partidos.

Y, como el poder es relativo, mientras no surjan liderazgos alternativos y se erijan diques, difícilmente se dispersará el poder del Presidente