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La Primera República Española, fue efímera, la proclamaron las Cortes el 11 de febrero de 1873 y terminó el 29 de diciembre de 1874  cuando el general Arsenio Martínez Campos restituyó la Monarquía borbónica con Alfonso XII. Una característica de la Primera República es que tuvo más presidentes que pretendientes Jazz Egger, joven y guapa londinense, en el Tinder. Cinco Mandatarios en el lapso de 22 meses y 18 días.

Años después, restablecida la Monarquía, se dio la Segunda República Española, el domingo 12 de abril de 1931 se celebraron elecciones municipales. Las candidaturas republicanas consiguieron la mayoría de cuarenta capitales de provincia lo que provocó la salida –nunca abdicó- de Alfonso XIII de España: “Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo”.

El 14 de abril se proclamó la Segunda República Española, los triunfadores formaron lo que se llamó Frente Popular. No fueron pocos los embates de la derecha clerical, militar y monárquica que sufrió la constitucional y democrática república desde sus inicios. Entre el 17 y el 18 de julio de 1936 la mayoría de los jefes militares comandados, en un principio, por el general Emilio Mola y después por el espadón Francisco Franco, se revelaron contra la república legalmente constituida. Los franquistas, ayudados por tropas italianas y alemanas –que probaron su armamento que luego les sirvió en la Segunda Guerra Mundial- se enfrentaron al Frente Popular –mal organizado y peor armado, ayudado por las Brigadas Internacionales, ayuda más moral que militar, México que envió armamento y la Unión Soviética-.

Se calcula que la Guerra Civil española produjo, en uno y otro bando, aproximadamente 540 mil muertos a los que habría que agregar los 50 mil asesinados por la represión del franquismo que siguió a la conflagración bélica y que se prolongó hasta la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975.

El 27 de marzo de 1939 los franquistas –rebeldes, nacionalistas- entraron a Madrid. Pocos días después, 1 de abril, el bando republicano reconoció su derrota. Para entonces ya había comenzado el éxodo de perdedores a Francia donde fueron alojados en campos de concentración. Eran miles.

La gran mayoría de los hombres, mujeres y niños trasterrados se refugiaron en Latinoamérica. Un buen número de ellos llegaron a México donde mi General don Lázaro Cárdenas, generosamente les abrió las puertas –ya en 1937 había recibido a 50 niños huérfanos por la guerra, los que se llamaron Niños de Morelia. Los refugiados llegaron a nuestro país por diferentes vías. Pero son tres los barcos más emblemáticos del exilio español: El Sinaia, el Mexique y el Ipanema.  El primero en llegar fue el Sinaia el 13 de junio de 1939, al arribar a la costa veracruzana, Pedro Garfias, poeta salmantino a bordo, escribió: “Como otro tiempo por la mar salada/ te va un río de sangre roja/ de generosa sangre desbordada./ Pero eres tú, esta vez, quien nos conquista/ y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!”.

El 28 de julio del mismo año llegó a Veracruz, el Mexique, lo sé porque ese día cumplió un mes mi hermana María Isabel que nació en un campo de concentración en Ville de Avion, Francia. Obviamente venía con mis padres, mi hermana, María Dolores, dos años mayor y hasta mi bisabuela de 97 años. Instalados en el segundo piso de un edificio en la Cerrrada de Vallarta, a un costado del Monumento a la Revolución; mi bisabuela se quejaba de mareos. Mi madre le dijo: Abuela, es por la altura. Qué altura, ni que ocho cuartos –dijo la anciana- si en Madrid vivíamos en un cuarto piso.

El tiempo, la vida, me ha puesto en contacto con amigos cuyos ancestros venían en el Mexique. Por ejemplo, los padres del actor, director y escritor ya fallecido, Julián Pastor, viajaron en dicha nave. También el abuelo del caricaturista Antonio Garci, cuyo padre nació en ese barco y en alta mar. Otras que venían ahí de 15 años fueron la madre del actor César Bono, y la gran actriz Ofelia Guilmain, quien en El Retablo Rojo, un libro de sus memorias, escrito en colaboración con Carlos Pascual, cuenta cómo empezó la travesía rumbo a su patria adoptiva a la que honró y amó. Ya para abordar la embarcación buscaba a su madre sin la cual no viajaría. La encontró sentada en su maleta, con la mirada perdida en el mar. “Me miró como si nunca nos hubiésemos separado y me dijo de manera pausada: -Tu hermano Pedro está muerto. Un latigazo helado me golpeó la espalda. ¿Quién te aviso? –le pregunté quedamente. Nadie –respondió levantando los hombros. Lo sé. Creo que me lo dijo el mar. Le tomé suavemente las manos y se las besé. Tenemos que irnos. Dame la mano y sígueme. Mi mamá se levantó tranquila. Yo cargué su vieja maleta y buscando no llorar, llevé la mirada hacia las alturas del barco. Hasta entonces lo vi. Estaba escrito con letras blancas. En la proa. Una nueva señal del destino se me presentaba así, tan clara, tan llana, que era imposible no darse cuenta. Los primeros rayos del sol iluminaban vigorosamente el nombre del navío que nos aguardaba para llevarnos a la siguiente estación en nuestro derrotero. Aquel barco con bandera francesa llevaba por nombre el de Mexique”.