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El martes dejaron de ser senadores de la República Oriental del Uruguay, los expresidentes José Mujica y Julio María Sanguinetti. La columna de hoy está dedicada al primero de ellos, don Pepe, como le dice cariñosamente su pueblo.

Refractario al protocolo y a las corbatas, impuso su estilo de gobernar desparpajado y de cara a la gente. Durante su quinquenio jamás usó el auto oficial de la Presidencia. ¿Para qué? –decía– el que tengo anda bien. Un Volkswagen (bocho) modelo 1987. Renunció a vivir en la residencia oficial. Siguió viviendo en su modesta casa en las afueras de Montevideo, donde tiene un terreno en el que siembra, riega, cuida y cosecha flores –de eso vive. El lujo y don Pepe están más reñidos que Pío López Obrador y Carlos Loret de Mola.

Durante su mandato, prescindió de seguridad personal. ¿Ni siquiera tiene un vigilante? –le preguntó Jordi Évole, periodista español. Ni eso –contestó don José. ¿Para qué? ¿Para que me vea en la noche levantarme al baño en calzoncillos?

En 1966 surgió en Uruguay, el Movimiento de Liberación Nacional, conocido como los Tupamaros, en honor del indígena anticolonialista Tupac Amaru. Adoptaron la guerrilla urbana como su forma de lucha para llegar al socialismo. Se distinguieron por la originalidad y audacia en sus acciones. En 1973 surgió un golpe militar que en automático se propuso acabar con los rebeldes. El 7 de septiembre de ese año, nueve tupamaros fueron apresados, entre ellos tres de los líderes más emblemáticos: José Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, que fueron encarcelados durante 12 años de incomunicación total, aun entre ellos mismos. Imagínese el lector 12 años sin hablar con nadie, ni leer, ni escribir; aislados en calabozos estrechos, donde les daban una horrenda comida y una taza de agua al día y sólo salían una vez al baño. Si tenían mucha sed bebían sus propios orines.

Fernández Huidobro y Rosencof escribieron un libro, Memorias del calabozo, que el cineasta Álvaro Brecher adaptó para hacer la película La Noche de 12 años, que está disponible en Netflix. En la misma plataforma puede verse El Pepe, una vida suprema, del cineasta serbio Emir Kusturica, un documental a base de entrevistas con Mujica, después de ser presidente y el día que dejó de serlo ante una multitud que lo aclamó con sincero cariño.. En su despedida dijo: “No me voy, estoy llegando. Me iré con el último aliento y donde esté, estaré por ti. Estaré contigo porque es la forma superior de estar en la vida. Gracias, querido pueblo”.

En lo que resta de la columna reproduciré algunos de los impactantes conceptos que don Pepe dijo a Kusturica: “Mucho de lo que hoy digo nació de aquellos días en la cárcel. No sería quien soy. Sería más fútil, más frívolo, más superficial. Más de corto plazo. Más embebido del éxito. Más con pose de estatua. Más todo lo que no soy, tal vez lo sería si no hubiera vivido ese tiempo de profunda soledad”. “Soy de una generación que pensaba que el socialismo estaba a la vuelta de la esquina. Mi generación pertenece al mundo de la ilusión”.

Cedió el 70% de su sueldo para la construcción de casas dignas para los pobres y les quitó un pedazo de terreno a sus flores para construir una decorosa y bien provista escuela. Al inaugurarla manifestó: “Mi patrona y yo nos dedicamos a cambiar el mundo y se nos fue el tiempo de tener hijos y nos vamos acercando al hoyo. Entonces tenemos que pensar qué dejamos. Yo sé que ninguna de estas cosas dan forma al mundo. Pero se precisan miles de estas cosas para que el mundo cambie”.

Sus últimas palabras como senador fueron dedicadas a los jóvenes: “Triunfar en la vida no es ganar. Triunfar en la vida es caer y volver a levantarse”.