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Es verdad que justo en el momento en que el canciller Luis Videgaray y el secretario de Comercio, Idelfonso Guajardo, volaban rumbo a Washington, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, adelantaba que había llegado el maravilloso día de iniciar la construcción del muro fronterizo. ¿Quién dudaba que este sujeto sería capaz de clavar una daga en la espalda de su socio del sur, porque así conviene a sus intereses personales?

¿Quién tiene dudas de que el gobierno de Estados Unidos busca una renegociación del Tratado de Libre Comercio del Norte (TLCAN) para imponer sus propias condiciones?

Tampoco creo que había mucho misterio en saber qué haría Canadá llegado el momento de decidir de mantener sus privilegios con su vecino del sur o bien defender el sueño del libre comercio que incluya a su mal visto socio latinoamericano.

En estas mismas páginas, hace dos meses, le comentaba que el entonces presidente electo de Estados Unidos había dejado por ahí perdido en un mensaje grabado una pista muy importante: su idea de que buscaría la negociación de acuerdos bilaterales que les resulten beneficiosos.

Hasta ahora ha cumplido al pie de la letra con sus amenazas. En los primeros días abandonó el TPP, autorizó los oleoductos contaminantes y ordenó la construcción del muro.

Lo que sigue es que si no consigue lo que quiere en la renegociación del TLCAN anunciará la salida de su país del acuerdo, que por los tiempos convenidos en el propio tratado habría de tardar varios meses.

Pero realmente no habría que esperar a que Estados Unidos nos castigue con su salida del acuerdo comercial trilateral. Tanto México como Canadá tienen razones suficientes como para considerar su abandono del exitoso acuerdo.

Resulta que Canadá ha tomado de facto una decisión respecto del futuro de su relación con Estados Unidos. De entrada, el gobierno de Justin Trudeau reculó en su compromiso con el medio ambiente y ahora aprueba, aplaude, avala el anuncio de Donald Trump de construir un oleoducto que cruce desde Alberta, Canadá hasta Texas en Estados Unidos.

Funcionarios tanto canadienses como estadounidenses han dejado claro que la suerte de Canadá en materia comercial no tiene nada que ver con lo que suceda con México. Está claro que son los indicios de la negociación, o quizá simple ratificación, de un acuerdo comercial bilateral que nada tenga que ver con México.

Nuestro país no es el eslabón débil de la relación comercial trilateral. Lo es en materia institucional, pero la industria y el mercado mexicanos pueden provocar con su ausencia en un mecanismo de libre comercio un daño impresionante a esa economía.

Renegociar el TLCAN para que resulte beneficioso para todos es posible sólo en el papel y en los buenos deseos de los ilusos. Tampoco quedarán mexicanos, estadounidenses y canadienses sin reglas comerciales.

Pero todo parece apuntar a que cualquiera de los tres países está en la posición de romper el acuerdo trilateral para dar paso a acuerdos entre dos partes.

Ya veremos con qué cara regresan de Washington Videgaray y Guajardo. Ya veremos con qué temple regresa el presidente Peña Nieto, si es que no cancela de último minuto su viaje.