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El cielo está lleno de nubes negras, pero el presidente está optimista. Los peores pronósticos no se cumplieron, dice López Obrador. En su valoración de hechos, la economía cayó sólo 1.2% en el primer trimestre, “en vez de desplomarse” y los empleos formales perdidos entre abril y mayo no llegaron al millón. Asegura AMLO que la recuperación vendrá a partir de julio. Los que creían que nos iba a ir muy mal se equivocaron, dice, retando a sus detractores y al destino.

¿Qué tiene de malo que el presidente esté optimista? El optimismo es una estrategia para hacer un mejor futuro, dice Noam Chomsky, un intelectual de gran calado que nadie puede acusar de felizólogo. El optimismo es un componente esencial del liderazgo, dice Robert Noyce, fundador de Intel: “Sin él, cómo alguien podría preferir el cambio por encima de la seguridad”.

En el 2020, López Obrador está optimista porque sabe algo que nadie más sabe o porque ignora lo que muchos saben. Así estábamos en el 2019, entonces, descartó los pronósticos que auguraban bajo crecimiento con el argumento de que él tenía otros datos. No hubo tal: el crecimiento fue de -0.1 por ciento.

El guion del 2020 tiene mucho en común, pero estamos en una situación mucho más complicada que la del 2019. El mundo vive la peor crisis en casi un siglo y México ha adoptado una estrategia peculiar, entre otras cosas, porque el presidente derrocha optimismo.

Somos el único país que no ha anunciado un gran monto presupuestal para programas de blindaje o reactivación ante el Covid-19. En Alemania son 32% del PIB; Reino Unido, 18.8%; Estados Unidos, 14.8%; Perú, 12%; Chile 5.5 por ciento… Un gráfico que circula mucho en redes sociales dice que en México es sólo 0.4% del PIB. Si consideramos las inyecciones del Banco de México y los gobiernos estatales, la cifra real es mayor a ese número, pero muy inferior a la del resto del mundo.

El optimismo de AMLO consiste en creer que la crisis será breve, que habrá una rápida recuperación y que México podrá librarla sin contratar deuda ni echar mano de cuantiosos recursos fiscales. ¿Optimismo o evasión? El presidente no quiere hablar de los datos negativos: hay más de 10 millones de trabajadores no formales que no tuvieron ingresos entre abril y mayo. Tampoco se refiere a las empresas que han cerrado y no reabrirán, ¿cuántas son?

¿Puede el optimismo vencer a la peor crisis económica desde 1929? El optimismo ayuda, pero hay que tener cuidado con las dosis. A los excesivamente optimistas les va mal. Comenten errores de cálculo, porque minimizan los riesgos y exageran las oportunidades, dicen David Robinson y Manju Puri, de la Universidad de Duke. En el 2007, ellos hicieron una investigación sobre el efecto del optimismo en las organizaciones complejas. Los mejores resultados corresponden a los optimistas moderados, concluyen.

El optimismo es la locura de sostener que todo está bien, cuando la estamos pasando muy mal, decía el gran Voltaire. Estamos en la dimensión desconocida. La encuesta de expertos del Banco de México proyecta una caída de 15% en el segundo trimestre; otra caída de 9% en el tercer trimestre y una más de 5% entre octubre y diciembre. En total, un desplome de más de 8% en el 2020 y una recuperación de alrededor de 2% para el 2021. No volveremos al nivel que teníamos a principios de este sexenio sino hasta el 2023 o 2024.

¿Qué necesitamos? Lo contrario del optimismo en exceso no es el pesimismo destemplado. El opuesto de ambos es el realismo. No minimizar el tamaño de la crisis, pero tampoco menospreciar nuestra capacidad de respuesta. Hemos superado otras crisis enormes y salimos fortalecidos. Más que resiliencia, pensemos en antifragilidad, al estilo Taleb. No se trata de volver a ser quienes éramos antes de la crisis, sino resurgir como una versión mejorada de nosotros mismos.