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En un pasaje de su notable libro La casa de la contradicción. (Random, 2021), Jesús Silva-Herzog Márquez recuerda lo dicho por Daniel Cosío Villegas sobre el presidente Luis Echeverría en El estilo personal de gobernar (1972).

Según Cosío, lo característico de Echeverría como presidente era la necesidad de hablar, cosa notable en un político que como secretario de Gobernación se había distinguido por hablar lo menos posible.

Como presidente, sin embargo, lo normal en el antes impasible secretario era “la locuacidad”. Quiere decir que la Presidencia, aparte de dar poder, puede alocar a cualquiera. Para el Echeverría presidente, escribió Cosío Villegas, hablar era “una necesidad fisiológica, cuya satisfacción periódica resulta inaplazable”.

Quien recuerde aquellos años convendrá con Cosío y con Silva-Herzog Márquez en que el presidente Echeverría, efectivamente, hablaba, hablaba, hablaba. Hablaba sin parar, aunque en un entorno de medios más lentos, menos inmediatos, que hacían menos ubicuo y menos obligatorio su discurso en la arena del parloteo nacional.

La cosa ha cambiado mucho en nuestros días porque el presidente de ahora habla más que Echeverría, pero además vive en un entorno de medios que reproducen su parloteo en tiempo real. Escribe Silva-Herzog, que escribe muy bien: “Luis Echeverría es un monje trapense en comparación con Andrés Manuel López Obrador”.

Más: “El presidente López Obrador cree que cuando habla, no comunica: hace. Piensa que en sus palabras hay una fuerza mágica que produce realidad”. En el discurso de López Obrador, “vehemente hispanófobo”, sigue Silva-Herzog, se percibe la huella de lo que otro gran historiador, Edmundo O’Gorman, llamó “el legado ontológico de la Colonia”.

A saber: “Un afecto desmesurado e indiscriminado a la exageración en lo bueno y en lo malo, propicio a la ocultación de la verdad y al halago de sentimientos y virtudes supuestamente poseídos en grado altísimo como rasgos característicos del espíritu nacional”.

López Obrador, sigue Silva-Herzog “sujeta la conversación nacional como nadie lo había hecho. No es fácil tener una plática familiar que no desemboque tarde o temprano en él.

Ahí está seguramente el máximo certificado de poder: el invasor de la intimidad” (págs. 164-167).