El proceso histórico conocido como la Conquista de México fue uno de los momentos que definieron la historia del mundo entero.

Templo redondo dedicado a Ehecatl-Quetzalcóatl en Sultepec. Foto. Enrique Ortiz

Tras la caída de la Triple Alianza, Hernán Cortés y sus expedicionarios lograron establecerse definitivamente en el territorio continental americano.

Los frailes llegaron para evangelizar el territorio que actualmente conforma México y América central, al tiempo que el oro y la plata financiaban las guerras de los monarcas hispanos como Carlos V y Felipe II.

También llegaron nuevos sabores a Europa como el tabaco, la vainilla, el jitomate, y muchos otros. Esta conquista, que bien podríamos definir como la guerra hispano-mexica, tuvo una duración de tres años, en los cuales se libraron infinidad de batallas, sitios, escaramuzas y enfrentamientos.

Estos eventos no se limitaron solamente a la Cuenca de México sino  en un territorio mucho más amplio, abarcando los actuales estados de Morelos, Veracruz, Puebla, México, Hidalgo y Tlaxcala.

Justamente en el territorio de este último estado, cerca de la moderna Calpulalpan, se llevó a cabo una escaramuza entre una columna hispana y los pobladores acolhuas de un asentamiento de importancia para la época: Sultepec, palabra que en náhuatl significa “Cerro de codornices”.

Todo empezó cuando Hernán Cortés, quien estaba establecido en Tenochtitlán con sus huestes, se enteró que una flota de 18 embarcaciones al mando de Pánfilo de Narváez había anclado frente a los arenales de Chalchihuecan, actualmente en las afueras del Puerto de Veracruz.

Pánfilo había sido enviado por el gobernador de Cuba (Isla Fernandina): Diego Velázquez de Cuellar, con el objetivo de capturar a Cortés y llevarlo ante las autoridades por abandonar la isla en abierta rebeldía. Como consecuencia, a inicios de mayo el extremeño salió de Tenochtitlán acompañado de 300 hispanos y varios cientos indígenas aliados para encarar este nuevo peligro.

La “batalla” entre ambos bandos de europeos se dio entre el 22 y 24 de mayo en el asentamiento totonaca de Quiahuiztlan. El enfrentamiento finalizó cuando un soldado de Cortés, Pedro Sánchez Farfán, enterró su pica en el ojo de Pánfilo haciéndolo sangrar copiosamente al tiempo que aceptaba su derrota.

Nuevamente la fortuna le había sonreído a Cortés, aunque en realidad el oro mesoamericano había hecho su trabajo comprando a varios de los soldados enemigos antes de la batalla, reduciendo notablemente la cantidad de hombres fieles a Narváez.

Cuando todo iba “viento en popa” para el extremeño un mensajero arribó a su campamento para avisarle que Pedro de Alvarado, su centenar de hispanos y una gran cantidad de aliados tlaxcaltecas se encontraban sitiados dentro del Palacio de Axayacatl en Tenochtitlán debido a la matanza de nobles que realizaron durante la fiesta de Toxcatl (dedicada a la deidad Tezcatlipoca) violando la frágil paz que existía entre visitantes y anfitriones.

De inmediato Cortés integró las fuerzas de Pánfilo de Narváez a su ejército, sobrepasando los 1000 efectivos, y marchó de regreso a la Cuenca de México. Dividió a sus hombres en dos columnas, la primera que encabezaría personalmente donde irían todos los combatientes y una segunda conformada por 5 jinetes, 40 rodeleros, escopeteros y otros combatientes a pie, e incluso 5 mujeres entre las que iría una parda o mulata. En esta segunda formación irían 300 aliados indígenas entre guerreros y porteadores. De acuerdo a Cortés llevaban:

“Siete mil pesos de oro fundido que yo había dejado en dos cofres sin otras joyas, y más otros catorce mil pesos en oro en piezas que en la provincia de Tuchitebeque se habían dado a aquel capitán que yo enviaba a hacer el pueblo de Cuacuacalco, y otras muchas cosas, que valían más de treinta mil pesos oro”.

A esto habría que agregar que en la premura por llegar a Tenochtitlán, Cortés dejó en un cofre toda su ropa, vajillas y documentos de importancia. ¿ Por qué Cortés dividió su ejército? Esta sería la pregunta de importancia.

Por una razón muy sencilla: llegar lo más rápido a auxiliar a Pedro de Alvarado en Tenochtitlán. Por esa razón la famosa segunda columna estaba compuesta también de enfermos, heridos, mujeres, esclavos africanos y de porteadores indígenas. Para el 24 de junio Cortés y su ejército entraban a Tenochtitlán sin enfrentar resistencia, instalándose de inmediato en el Palacio de Axayácatl donde encontró a Alvarado y a sus fuerzas muy debilitadas.

Al poco tiempo los guerreros mexicas nuevamente sitiaron el palacio del padre de Motecuhzoma, pero ahora con Cortés y casi la totalidad de sus fuerzas en su interior. Por varios días los hispanos realizarían incursiones para hacerse con suministros y romper el sitio al que los mexicas los tenían sometidos, sin embargo los esfuerzos fueron infructuosos. No sería hasta la noche del 30 de junio de 1520 que los hispanos y sus aliados realizarían un desesperado escape por la calzada de Tlacopan para salvar la vida y el oro.

Dicha acción, la famosa Noche Triste, se volvería en la peor derrota que las fuerzas españolas sufrirían durante la conquista de todas las Indias Occidentales.

Mural ubicado en el Museo de Sitio de la zona arqueológica de Tecoaque Sultepec. En el se ve el templo de Ehecatl-Quetzalcóatl durante el apogeo de la población. Foto: Enrique Ortiz

Mientras tanto, el 26 de junio la segunda columna llegaba a la población de Sultepec, importante población acolhua que pertenecía a los dominios de Tezcuco, integrante de la Triple Alianza.

Se trataba de un altepetl con funciones aduanales ya que por sus territorios entraban a la Cuenca de México las mercancías que venían del totonacapan (actual estado de Veracruz). También tenía una importante guarnición debido a su posición estratégica, en los límites de los territorios dominados por la Triple Alianza y sus acérrimos enemigos: las cabeceras tlaxcaltecas.

Esta población también era famosa por su gran producción de pulque, por lo que no es de extrañar que dos de sus tres deidades tutelares fueran Mayahuel y Ome Tochtli. Cuando el pequeño ejército europeo entró en su territorio de inmediato fue atacado. Más que una batalla fue una pequeña escaramuza ya que seguramente los hispanos se vieron superados fácilmente.

Cortés afirma: “que los de aquel pueblo habían hecho un buen recibimiento a los miembros de su caravana pero que avanzando los hispanos y al bajar a pie de una cuesta en un mal paso les pusieron una celada ya que los indígenas estaban colocados en ambas partes.”

A partir de la fecha mencionada, los hispanos y sus aliados indígenas vivieron como prisioneros dentro del núcleo urbano de Sultepec, siempre bajo fuerte vigilancia. Desde finales de junio hasta febrero de 1521 serían sacrificados uno a uno los más de cincuenta hispanos en las celebraciones del calendario náhua, por lo que sufrirían diferentes tipos de muerte y tratamientos postmortem.

El equipo de arqueólogos (encabezados por Enrique Martínez Vargas) que trabajan desde hace años en este sitio han encontrado solamente en el Patio Sur 256 osamentas con diferentes tratamientos rituales como exposición al fuego directo, extracción del corazón, decapitación, entre otros.

Entre los tratamientos postmortem que destacan es la cocción de los restos y posteriormente descarnamiento. Esto se realizaba con el propósito de ingerir la carne de los sacrificados dentro de diversos rituales, algunos llevados a cabo en la festividad conocida como Tlacaxipehualiztli en honor de la deidad Xipe Totéc (Nuestro señor el desollado).

Los arqueólogos también encontraron osamentas pertenecientes a hombres y mujeres que presentaban evidencia osteológica de una severa infección por la bacteria Treponema Pallidum, causante de la sífilis, quienes fueron asociados con la deidad Nanahuatzin “El buboso”.

La carne de estos individuos también fue hervida y posteriormente ingerida ritualmente por los nativos. Diversos animales que acompañaban la caravana como chivos, cerdos, caballos y mastines fueron también sacrificados y enterrados con ofrendas sencillas como puntas de flecha, vasijas, piedras verdes entre otros.

Incluso gracias a las excavaciones podemos tener la certeza que las cabezas de los caballos fueron colocadas sobre el templo redondo dedicado de Ehecatl-Quetzalcóatl, el más grande y hermoso de la zona.

Figurilla hecha de cerámica por manos indígenas donde retrataron a un soldado hispano. Museo de la zona arqueológica de Sultepec. Foto: Enrique Ortiz.

Finalmente, en la tercera Carta de Relación escrita por Cortés el 15 de mayo de 1522 en Coyoacán podemos leer que el extremeño mandó a su Alguacil Mayor Gonzálo de Sandoval con quince jinetes y doscientos peones a que asolasen la población levantisca, el poblado morisco.

Al llegar al poblado Sandoval leyó en un muro, escrito con carbón: “aquí estuvo preso el sin ventura de Juan Yuste”, uno de los cinco jinetes de la expedición que llegó con Pánfilo de Narváez semanas atrás. La población al ver a los hispanos huyeron para ser alcanzados por los jinetes quienes mataron a algunos.

Existe otra teoría sustentada por los arqueólogos que asegura que el altepetl acolhua estaba abandonado en su totalidad cuando llegó Gonzalo a inicios de 1521 cuando las fuerzas de Cortés se habían rehecho y estaban asolando las poblaciones aliadas de los mexicas para después proceder al sitio de Tenochtitlán el 26 de mayo del mismo año.

Esta última teoría nos dice que los pobladores escondieron en aljibes la matanza de la caravana española, evacuando Sultepec para evitar el castigo que sabían que llegaría tarde que temprano. A partir de estos sucesos el lugar fue bautizada Tecoaque “donde los señores (o dioses “teotl”) fueron devorados”.

Foja del Lienzo de Tlaxcala con el título de Tezcohco, imagen que describe la acción punitiva realizada por Sandoval contra Sultepec. En el templo se ven las cabezas de los hispanos y de un caballo.

Enrique Ortiz García

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