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Para nada es una sorpresa que el mensaje de año nuevo del presidente Peña Nieto no ganara interés en las portadas de los principales diarios. Fue un mensaje malo en contenido y malo en las formas.

El contenido. Siete acciones a “favor de la familia”, cinco de las cuales eran conocidas (tarifas de luz, precio de los combustibles, llamadas nacionales, televisores digitales, apoyos a Guerrero, Oaxaca y Chiapas); una vaga promesa empresarial para los jóvenes y un difuso anuncio de desarrollo de la vivienda. Un elogio a las reformas que son la “transformación más profunda de México…” y una promesa, una más, de combatir la corrupción y la impunidad. ¿No había otra cosa que ofrecer?

La forma. Una edición con increíbles saltos al estilo de un bloguero pobre sin final cut. Un plano medio que alejaba al personaje que, aparte, portaba un saco que se le veía grande. Tomas cerradas que no calentaron la pantalla. Al fondo, unos libros empastados, como de leguleyo a punto de la jubilación. Y, sobre todo, un Presidente de ojos tristes.

Se entiende que enero de 2015 sea un momento muy complicado para vender futuro. Pero lo del domingo en la noche fue un poco lastimoso: el discurso de un Presidente sin un lenguaje contemporáneo que dé confianza y credibilidad.

¿Quién está cuidando la imagen de Enrique Peña Nieto? Parecería que lo dejaron a la deriva. Porque esa figura que trataron de vender el domingo carece de virtudes. Sin ideas, sin emociones, se perdió el jefe de Estado y se extravió el histrión.

Un Peña Nieto que no tiene que ver con la noción de fascinación.