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Una obsesión de la opinión pública mexicana es si el gobierno de Andrés Manuel López Obrador podrá extender su dominio por muchos años, reeligiéndose él, o creando un nuevo orden político en el que prive, durante muchos años, la hegemonía construida por la llamada “Cuarta Transformación”.

Falta todo por ver, desde luego, salvo lo que hemos visto hasta ahora, a saber: que la gran transformación no tiene todavía grandes resultados. Está sostenida en la credibilidad del Presidente, pero no en los hechos duros de la economía, de la política social ni de la política/política, entendida esta última como capacidad de alinear intereses, ejercer constructivamente el poder y, otra vez, entregar resultados.

En todo caso, el dilema de la llamada CT es el del profeta desarmado de Maquiavelo, mencionado aquí: o crea los intereses del nuevo orden que desplazarán al viejo o los intereses del viejo orden le comerán las entrañas.

Como todo gobierno que quiere cambiar muchas cosas, el de López Obrador está desafiando muchos intereses creados pero le entrega poco todavía a sus futuros posibles beneficiarios.

Y cuando digo intereses creados no me refiero a intereses ilegítimos o ilegales. Me refiero a derechos adquiridos, a la fuerza de los hechos y a las rutinas de la costumbre.

Me refiero, por ejemplo, a los derechos de la burocracia que ha sido sometida a una austeridad que la despoja de derechos; a las inversiones hechas o pactadas que se ven de pronto sometidas a otras reglas; al cambio de las relaciones de la Federación con los estados; del gobierno federal con los otros poderes del Estado, y con los órganos autónomos que han sido blancos preferidos del cambio proclamado.

En su primer año, el gobierno de López Obrador ha destruido más de lo que ha construido. Se siente fuerte, porque parece no tener enfrente las resistencias que pudieran frenarlo. No parece tener oposición y actúa como si no la tuviera.

Aún así, su dilema es si, al tiempo que desmantela el orden viejo, está construyendo a los beneficiarios duros, irreversibles, del nuevo.

Mi impresión es que no: los beneficiarios de la llamada 4T son todavía un proyecto, una promesa, más que una realidad.

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