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A la memoria de Sylvia Sánchez de Beltrones, mujer íntegra.

De distintas formas y con villanos diferentes, el país desde hace tiempo está domiciliado en la polarización. La actual es más insidiosa porque deriva desde el poder y porque situados en los extremos, todos perdemos. Confrontar para dividir quizá sirva para ganar votos, pero no para gobernar y menos para resolver problemas de vieja o reciente factura. El diferendo del Presidente con el juez que suspendió provisionalmente la aplicación de la reforma eléctrica es un ejemplo. Para algunos, todo lo que hace o dice el Presidente está mal; para otros, el diferendo tiene como origen la resistencia al cambio del ancien régime, incluso una acción de sabotaje al proceso de cambio.

El Presidente tiene derecho a defender su reforma. Incluso le asiste la facultad para solicitar al Constituyente Permanente el cambio a la Carta Magna, pero no tiene derecho a la calumnia. Que el juez haya resuelto en un sentido contrario al proyecto gubernamental es una diferencia legal que tiene que ventilarse en las instancias y formas establecidas. No hay lugar para poner en entredicho la solvencia moral y profesional del funcionario judicial. Y tampoco se pueden incumplir los acuerdos internacionales sin consecuencias.

Al presidente de la Corte la polarización lo ha llevado al patíbulo. Es explicable que quienes se sienten alarmados por la sentencia presidencial, que puede apreciarse como un acto de intimidación y una interferencia indebida hacia otro poder, hubieran deseado del ministro una conducta de fajador. Habría sido un error y lo que él hizo fue salvaguardar lo relevante: el principio de autonomía y libertad del juez. Fue lo prudente, aunque es inevitable la polémica, y para algunos su respuesta es suficiente para la hoguera.

Es inexorable romper con la polarización. Que el Presidente dé curso a ésta no implica que se deba caer en el juego. Alejarse de ella no es claudicación, es tener claro que hay espacios, sujetos, formas, momentos y temas para el debate y el reclamo, pero que se debe rescatar lo mejor de la política: el acuerdo, la concordia y la razón por encima de las pasiones y la vehemencia de quienes han resuelto mantener o ganar el poder con ciega obsesión.