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Siempre creí que los muchos partidos eran una debilidad, más que una fortaleza, de la democracia mexicana.

Bajo la coartada de la pluralidad se colaron al ruedo partidos que no representaban nada o que representaban solo a un puñado de políticos profesionales en busca de financiamiento público.

El edificio de la pluralidad mexicana cojeó siempre de la mala calidad de esos ladrillos. Tengo la impresión de que la generosidad para dar entrada a tantos partidos fue, en sus inicios, allá por 1978, una astucia del PRI, entonces el partido dominante.

Le convenía al PRI-gobierno que su oposición se fragmentara en vez de unirse.

“Entre más sean, menos serán”, me dijo alguna vez un priista legendario, a propósito de la proliferación inexplicable de diarios y revistas.

Lo mismo habrán dicho entonces de los partidos políticos, que el gobierno mantenía controlados en un limbo paraestatal, donde la única excepción oposicionista verdadera era el PAN.

La irrupción del Frente Cardenista, más tarde PRD, en 1988 hizo aparecer un nuevo partido de verdad, pero la calderilla partidaria siguió presente y no ha terminado ni ahora que Morena arrasó el tablero anterior.

De todos los partidos existentes luego del tsunami de julio, no se hace uno, pero tampoco se les ve dispuestos, ni por espíritu de supervivencia, a unir sus pedazos en frentes o coaliciones que alivien, al menos un poco, su debilidad y su fragmentación.

No parecen haber tomado nota del desastre ni ellos ni los nuevos jugadores que quieren crear nuevos partidos. En vez de buscar el amparo y el fortalecimiento de lo que hay, quieren crear nuevos fragmentos.

Parecen no haber tomado nota del costo que tuvo para los partidos grandes ir divididos frente al ascenso de Morena, la forma en que se hicieron más vulnerables peleando y debilitándose entre ellos, como hizo el entonces presidente Peña con el candidato del Frente, Ricardo Anaya.

Está claro hoy que se le pasó la mano al entonces presidente y acabó dándole a López Obrador una victoria enorme que seguramente no deseaba.

La lección de 2018 para viejos y nuevos partidos es la misma: “Entre más sean, menos serán”.