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El gobierno actual entrega al entrante una torta bajo el brazo: economía en crecimiento, sin crisis, finanzas sanas y una deuda pública que es el doble más baja que la Estados Unidos, Japón y todos los países del G-20. Y la cereza del pastel: un tratado renovado ayer con Washington.

Este es un planteamiento objetivo. Pero pierde sentido si no se le agrega un toque de subjetividad que acaba siendo tangible: el convenio sólo se pudo destrabar en las ultimas semanas, gracias a la victoria electoral de López Obrador, por quien Donald Trump expresa simpatías.

“Me llevo mejor con López Obrador que con el capitalista (Peña Nieto)”, admitió el presidente de Estados Unidos el pasado 22 de agosto durante un acto proselitista en West Virginia. Esta buena vibra apresuró el anunció, que dieron ayer los gobiernos de ambos países en la Casa Blanca:

Un principio de acuerdo bilateral para sustituir al Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Es cierto que el TLC incluye a Canadá, aunque todavía: igual que es importante la simpatía de Trump por el presidente electo mexicano, no se puede olvidar la antipatía de Trump hacia el primer ministro de centroizquierda de Canadá, Justin Trudeau.

Para nadie es secreto que el TLC no será nuevamente de tres países, mientras Trump sea presidente. Trudeau está convencido y por eso justifica, desde ya, su exclusión: no firmaría si se ve afectada su clase media, que ya supero a la de Estados Unidos como la más rica del mundo.

Y, sí, México se benefició para la renovación de la firma gracias a la empatía personal y política existente entre Trump y López Obrador, pero los 12 meses transcurridos de las engorrosas negociaciones, fueron llevados por el equipo técnico de la administración actual.

Y ese equipo dobló a Trump, al conseguir que éste cambiara su promesa de campaña de incluir una cláusula de terminación automática del tratado cada cinco años, si una de las partes así lo deseaba. Los negociadores mexicanos lograron que la vigencia sea 16 años prorrogables.

Otro éxito del rescate del TLC fue la integración reciente de especialistas designados por López Obrador, como parte de lo que algunos denominan “transición de terciopelo”, aunque es en realidad una demostración de madurez política de ambos gobiernos: el vigente y el electo.

Como sea, con este acuerdo el sexenio de López Obrador arrancará con una economía de primer mundo: recibe una cifra récord en las reservas internacionales, compromisos de inversión por más de 200 mil millones de dólares y 3.7 millones de nuevos empleos.

Así que los recursos económicos no serán problema para el despegue del nuevo gobierno.

El quid del asunto estará…

En cómo los gaste.

Por Rubén Cortés