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Considerar el terrorismo “una forma violenta de lucha política”, es otorgar nivel a algo vil. Por ejemplo, en México habría que empezar a hablar, al menos, de narcoterrorismo, después de las masacres del domingo en Ciudad Juárez y ayer en Veracruz.

Al asesinar en la ciudad fronteriza a tres niñas de 150 balazos en una fiesta; y a 28 adultos en Coatzacoalcos, a tiros e incendiando un local nocturno, el crimen organizado mexicano da pasos rápidos para parecerse cada día más al terrorismo de Pablo Escobar en la Colombia de los años 80.

No olvidemos, tampoco, que el narcoterrorismo surgió allá tras las fracasadas negociaciones de paz del gobierno con el tristemente célebre capo. Las pláticas crearon un vacío en el enfrentamiento, durante el que nacieron las condiciones que luego relanzaron al crimen organizado.

Los 28 muertos de la masacre en Veracruz son más que los 22 de la reciente masacre de El Paso, una y otra con motivos diferentes, pero ambas destinadas a sembrar el terror: allá por odio y aquí porque el dueño del local no quería pagar derecho de piso o vender drogas.

Debe servir, en todo caso, para abrir el debate sobre si a los narcotraficantes que, en México, matan en masa se les debe considerar terroristas, pues el Código Penal contempla el Terrorismo, en su Capítulo VI, Artículo 139:

Se impondrá pena de prisión de seis a cuarenta años y hasta mil doscientos días multa, sin perjuicio de las penas que correspondan por los delitos que resulten, al que utilizando sustancias tóxicas, armas químicas, biológicas o similares, material radioactivo o instrumentos que emitan radiaciones, explosivos o armas de fuego, o por incendio, inundación o por cualquier otro medio violento, realice actos en contra de las personas, las cosas o servicios públicos, que produzcan alarma, temor o terror en la población o en un grupo o sector de ella, para atentar contra la seguridad nacional o presionar a la autoridad para que tome una determinación.

La misma sanción se impondrá al que directa o indirectamente financie, aporte o recaude fondos económicos o recursos de cualquier naturaleza, con conocimiento de que serán utilizados, en todo o en parte, en apoyo de personas u organizaciones que operen o cometan actos terroristas en el territorio nacional.

Entonces, ¿acaso no producen alarma, temor o terror entre los mexicanos los actos de barbarie del crimen organizado? Claro que sí.

Son para recordar las Memorias de Ultratumba, de Chateaubriand: “No conozco nada más servil, más despreciable, más cobarde y más obtuso que un terrorista”. O los textos de Günther Jakobs: “Los terroristas son una cubeta llena de alacranes”.

Por lo pronto, ya tenemos actos que deben ser llamados…

Narcoterrorismo.