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Este domingo, en el velorio de Marcelino, conocí a su amigo y poeta Alejandro Centeno, quien me regaló el extraordinario texto de Perelló que MILENIO da hoy a conocer.

Su historia es esta: a mediados de abril, el memorable líder del 68 envió su colaboración semanal a la sección editorial de Excélsior, alusiva al incidente que le costó la cancelación de su programa (Sentido contrario) en Radio UNAM, a causa del comentario misógino que imprimió en una más de sus incontables y estremecedoras, pero sobre todo inteligentes, provocaciones.

Para entonces, en el vecindario cibernético estaba siendo linchado por la chusma y no se le publicó esa columna.

Con lo sucedido hace 400 años a Giordano Bruno, puso en boca de éste: la cuestión no es astronómica, es ontológica. No se refiere a los pinches planetas, sino a mi pinche condición de ser pensante, se refiere a mis convicciones, a las médulas de mis huesos.

Antes de arder en la hoguera por defender su verdad, Giordano padeció el tormento, pero se salvó de morir como Galileo que, en palabras de Perelló, “sí se arrugó…”.

Marcelino jamás.

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