Sin duda el altercado entre el exconsejero jurídico de la presidencia Julio Scherer Ibarra, el fiscal general de la república, Alejandro Gertz Manero y la exsecretaria de Gobernación, hoy presidenta de la mesa directiva del Senado, Olga Sánchez Cordero, es, hasta el momento y con mucho, el máximo escándalo suscitado en el gobierno de la 4T.

Aunque el presidente López Obrador, en una versión tabasqueña y retórica del clásico “¿Y yo por qué?”, haya querido restarle importancia al asunto cuando, al respecto, ayer declaró: “Eso tiene que ver con tribunales, con ministerios públicos, con juzgados. Nosotros no vamos a meternos en esas diferencias. No queremos participar en eso. Nosotros estamos dedicados en tiempo y alma a la transformación de México”. En opinión del redactor de estas líneas transformar al país no sólo implica realizar obras en el plazo previsto y declarar la abolición de la corrupción por decreto. Dedicarse en tiempo y alma a la transformación del país también comprende investigar y castigar de manera ejemplar a quienes resulten responsables de corruptelas, tráfico de influencias y conflicto de intereses en la cercanía del máximo poder del país. ¡Qué buena oportunidad perdida para demostrar a propios y extraños que la lucha contra el cáncer de la deshonestidad va en serio se tope con quien se tope!

La ministra en retiro sintió que Scherer la suplantaba en sus labores como secretaria de Gobernación, de ahí su encono que desencadenó la pesquisa e inculpación con su jefe del tráfico de influencias que el consejero jurídico presidencial ejercía y que culminó con su renuncia. Gertz Manero, se enemistó con Scherer Ibarra, cuando la revista Proceso publicó el reportaje: “La Casa Secreta de Gertz Manero”, información que el fiscal creyó fue proporcionada por el exconsejero presidencial debido a los intereses que éste tiene en dicho semanario. La pugna llegó a nivel de odio cuando Sherer le negó a Gertz el favor de impedir que su cuñada Laura Morán y la hija de ésta Alejandra Cuevas Morán, obtuvieran un amparo por la acusación de homicidio por omisión en contra de su hermano Federico.

El párrafo anterior es un breve resumen de lo escrito y publicado por Scherer, el pasado fin de semana, en la revista que fundara su padre donde califica al fiscal y a la senadora de “cómplices en el afán por manchar su nombre” y los acusa de confabulación por medio de un modus operandi “extorsivo”.

Pero Julio Scherer Ibarra no es tan inocente como lo escribió en la revista de su familia. Desde recién empezado el sexenio se comentaba entre litigantes la ambición desmedida del consejero del presidente que valido de su cargo recomendaba a empresas y a personas con difíciles procesos judiciales determinados despachos de abogados, socios y amigos de éste, que a cambio de cantidades millonarias de dinero solucionaban sus problemas gracias a la influencia del funcionario que, por supuesto, se llevaba una tajada económica de los desmesurados honorarios.

Por supuesto que este acto de corrupción y trapacerías realizado al amparo del poder es un arsenal interesante y sabroso para la oposición a la 4T. Tal vez a eso se deba el hecho de que el presidente de la república lo soslaye y desee que pronto se disipe.

De la misma forma simpatizantes y militantes de la 4T se niegan a reconocer que el espantoso monstruo de la corrupción, al que Andrés Manuel López Obrador prometió combatir hasta su extinción, cohabita —en las tres acepciones del verbo— con ellos.

Por su parte, Julio Scherer Ibarra, al que el presidente López Obrador dijo querer como a un hermano; hijo del paradigmático periodista Julio Scherer García, a quien Carlos Fuentes llamó el Zarco del siglo XX, vivirá con el estigma de la traición hacía ambos.

Punto final

Mi mejor recuerdo de la infancia es que nada me dolía.