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México debe crecer 5% anual durante 15 años para duplicar nuestro PIB. Si el objetivo es colocarnos al nivel que ahora tienen países europeos como España o Italia, necesitaríamos crecer 4% o 5% promedio a lo largo de 30 años o un poco más. No hemos conseguido esa hazaña desde hace más de medio siglo. Fueron los tiempos del Milagro mexicano, del desarrollo estabilizador. Era otro mundo. Era otro México.

Decir que no lo hemos hecho es una manera sutil de expresar lo que nos ha pasado. Llevamos más de 40 años de crecimiento mediocre, como país. Al final de este sexenio, el PIB tendrá un crecimiento anual promedio de 0.8% o 0.9% entre 2019 y 2024. Desde 1982 nuestra tasa de crecimiento promedio está en torno al 2% anual.

Estamos metidos en una trampa de bajo crecimiento. Cuando hablamos de PIB, inevitablemente nos referimos a números, que son cifras frías. Por un momento, aunque sea, vale la pena recordar que la evolución del PIB produce realidades y estados de ánimo. Una sociedad que crece poco o decrece se convierte en una sociedad deprimida. Caldo de cultivo para la frustración y un enojo social justificado. Un país que crece mucho de manera sostenida produce una sociedad que se asoma al mundo con más optimismo y asume con mayor naturalidad los riesgos que vienen con el futuro.

¿Dónde estamos y a dónde vamos? En contra de lo que muchos dicen, no estamos sobrediagnosticados. Tenemos ideas más o menos claras de lo que nos falta (o nos sobra), pero hemos aprendido que debemos ser cautelosos cuando queremos aplicar la misma receta para Baja California, Tabasco o Chiapas…, para la generación de los nacidos en los sesenta y para los de la generación Zeta.

Todo lo que pensábamos sobre el futuro económico de México debemos ponerlo al día a la luz del nearshoring y de fenómenos como el cambio climático. Estamos frente a la mayor oportunidad de desarrollo económico desde los tiempos de la industrialización impulsada por la Segunda Guerra Mundial. Estamos ante uno de los mayores riesgos que la humanidad ha conocido: la combinación del cambio climático y la negligencia. Nunca se olviden de Otis y las tragedias de Acapulco.

En este contexto, aquí y ahora son bienvenidos los esfuerzos que hace el Consejo Coordinador Empresarial para arrojar algo de luz sobre el futuro próximo. Su presidente Francisco Cervantes presentó ayer un libro sobre nearshoring y adelantó que entregarán un plan de política industrial con 14 recomendaciones a quien resulte electa presidenta en las elecciones de junio.

No conozco detalles de las propuestas que harán, pero al leer lo anunciado me queda claro que hay ambiciones, crítica y autocrítica. Hablan, por ejemplo, de hacer una reforma fiscal integral que ubique a México en los niveles de recaudación promedio de América Latina. Esto significaría incrementar 3 o 4 puntos la contribución fiscal de los mexicanos. Pasar de 17 o 18 puntos del PIB a 21 o 22%. Hay crítica al sistema fiscal actual e interpreto que hay autocrítica en lo que se refiere al papel que tienen las empresas en el esfuerzo fiscal, ¿cuánto más estarían dispuestos a pagar los hombres y mujeres de empresas de México?

Uno de los aspectos más interesantes y ambiciosos se refiere a la inversión. El CCE pone un número que nunca hemos alcanzado: 35% del PIB. Eso es lo que consiguió China en esas cuatro décadas prodigiosas que concluyeron con el covid, para darnos una idea de lo que nos falta. En 2023 fue 24.6%, pero el resto del sexenio estuvo abajo del 20 por ciento.

Un gobierno con más recursos y más ambiciones debería invertir más en infraestructura y en energías limpias. El boceto que ayer presentó el CCE habla de un compromiso de 3% del PIB adicional para la creación de infraestructura y mantenimiento. Ahora estamos en 2.7% del PIB y podríamos llegar a 6%. No sé si el documento que se entregue después de las elecciones se atreverá a entrar en detalles sobre el tipo de inversiones en infraestructura que necesitamos. La importancia de que lo cuantitativo sea también cualitativo. La necesidad de distinguir lo grandote de lo grandioso. La urgencia de usar criterios técnicos para evaluar y supervisar los proyectos. Dejar atrás y pasar la página a un sexenio de ocurrencias.

Me gusta especialmente que algunas de las propuestas estén encaminadas a inversión en investigación y desarrollo e impulso de las carreras STEM. Ponen un objetivo de 2% del PIB de inversión en investigación y desarrollo. Estamos abajo del 0.5% y en esa materia el gobierno y las empresas quedan a deber. ¿Cómo cambiaría nuestra estructura empresarial al tener un ecosistema donde los innovadores fueran los/las protagonistas en vez de los herederos/herederas?