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Volkswagen conjuró su huelga con un ajuste de 5 por ciento pero solicitaba 16 por ciento.

Tanto Mancera como Madero continúan con su estrategia de usar la bandera del salario mínimo como una forma de salvar su propio pellejo político, con cargo a los sentimientos de los trabajadores.

La vileza de la estrategia esta en algo que ambos saben muy bien. Si el gobierno federal se doblega ante la presión y decreta un incremento salarial, la inflación y el desempleo regresarán a los reflectores económicos nacionales.

Y si no hay efectos prácticos con su demanda, habrán alimentado una insatisfacción social que le puede costar caro a un gobierno que busca la máxima rentabilidad electoral con sus cambios estructurales.

La estrategia electoral del jefe de gobierno y del presidente del PAN ha obligado a los que sí saben de estos asuntos a tener que explicar por qué no es conveniente jugar con los salarios. Y claro que resultará útil para la causa populista escuchar al gobernador del Banco de México hablar de productividad y de riesgos inflacionarios, porque eso es calificado como una oposición tecnócrata a los legítimos derechos de los trabajadores.

Todo este lance tiene una parte positiva: contribuye a desarmar cualquier estrategia opositora al tema energético y divide la agenda de la izquierda con miras a las elecciones que vienen.

Hay sectores que aunque están entre los más exitosos del país no tienen incrementos salariales desorbitantes como los que plantean los políticos.

El sector automotriz es un buen ejemplo de lo que sucede en este país. Las exportaciones son altamente exitosas y eso ayuda a la mejora salarial del personal involucrado con el armado de vehículos.

Pero la importación ilegal de autos usados desde Estados Unidos no se detiene y eso aplasta las mejoras salariales del personal involucrado con la venta de autos nuevos en el mercado doméstico.

Por ejemplo, hace unas horas se conjuró la huelga en la planta de Volkswagen de México tras acordar un incremento salarial de 5 por ciento directo al salario. Es un incremento superior a la inflación, pero inferior a las pretensiones del sindicato de obtener 16 por ciento.

Es un argumento recurrente de los sindicatos automotrices que plantas de las mismas marcas reciben salarios superiores en otras partes del mundo. Sólo que los costos son diferentes. En Austria se minimizan los costos extra de la corrupción, en Japón no hay gastos excesivos por la delincuencia. En Estados Unidos no batallan para conseguir gas natural.

Entre los autos más valorados en el mundo están los hechos en México, la mano de obra es altamente calificada y el crecimiento del empleo en este sector ha sido tan dinámico en la última década como la variedad de marcas que se han establecido en el país.

Si hay dudas de qué es lo que puede suceder cuando los salarios se suben por presión o por decreto, que se den una vuelta a ver qué es lo que queda de la ciudad de Detroit, en Estados Unidos, de donde salieron las marcas estadounidenses buscando no quebrar por las presiones de los costos laborales.

A pesar de no estar en el nivel deseable, el sector automotriz marca un ejemplo de lo que sí puede ocurrir con los salarios en México si se aumentan por productividad y no por ocurrencia política.