Nos han dejado sin fútbol, sin la tranquilidad de ir al estadio y sin la opción de llevar a nuestros hijos pequeños a ser parte de una tradición tan personal para muchos como es ir a ver al equipo de tus amores en la cancha.

Todo aquello que nos gusta y emociona, nos orilla a apasionarnos por verlo, vivirlo, escucharlo, sentirlo. El deporte y la industria del entretenimiento funcionando a la par, porque vamos a ver cualquier disciplina para entretenernos, involucrarnos y atestiguar el triunfo o la derrota.

Por el simple hecho de ser capaces de generar distintas emociones, podemos experimentar la pasión al ver que el atleta está a punto de llegar a la meta corriendo a toda velocidad, al ver cómo se termina el tiempo y faltan segundos para poder empatar en el basket, en el americano, en el futbol y en un sinfín de deportes.

El nombre de Querétaro se ha quedado manchado de violencia, sangre e impunidad. Más allá del estado, desde el sábado pasado, el fútbol del estado desapareció y con él su equipo y sus directivos.

La barbarie de la que fuimos testigos por televisión y posteriormente por las redes sociales, nos colocaron casi en una trinchera, en donde por cada golpe, patada, tubazo y empujón se nos estrujaba el cuerpo entero.

Como si estuviéramos viendo las escenas de guerra, de un ataque desmedido de quien busca matar a sangre fría a como de lugar.

Vimos una y otra vez, la pusilanimidad de quienes creen que por tener tatuajes, una cerveza en mano y quitarse la camisa para andar mostrando sus miserias.

Los cuerpos desnudos tirados sobre el concreto, la sangre a su alrededor, las carcajadas como sonido ambiente y gente corriendo para librarse o mejor dicho, para salvarse de no ser atacado o incluso de morir en manos de esos tipos enfermos e ignorantes que veíamos moverse de un lado a otro.

La foto de hoy es la descripción de ellos, de quienes portan la playera de un aficionado al equipo contrario como un triunfo.  ¿Cómo se la habrán quitado? ¿Habrá sido de algunos de los hombres que vimos tirados en el piso? ¿Será del joven que perdió un ojo? ¿Se habrá podido escapar después de que le arrebataran su jersey?

Hombres deficientes mentalmente que creen que haciendo sus señales de pertenecer a alguna banda, los hace importantes y selectivos.

Los dos más tontos, los que traen la cerveza, sin saber qué hacer con sus manos pero con la entereza de que si no lo hacen, no pertenecen al grupo de “valientes” que se echaron a los del Atlas.

El de la izquierda, sin camisa, tatuado y con la camisa de su equipo en el pantalón, el más descarado y enfermo. Su tennis gris manchado de sangre, la punta completa ensangrentada de quién y quiénes vaya usted a saber golpeó. El retrato de un criminal, con cada una de sus palabras.

Él y muchos más nos dieron con la punta del pie a quienes nos gusta el futbol, quienes lo creemos una actividad familiar a donde podemos llevar a nuestros hijos, porque claro, seguramente a ellos los llevaron de chicos, quiero pensar.

Pero peor aún, le dieron en el rostro, en las costillas, en el pecho, en la espalda, entre las piernas y en donde pudieran a los del equipo visitante, sin distinción alguna, a todos.

Esta imagen es el reflejo de quienes conforman las famosas barras de los equipos de fútbol, esos que desean hacer bronca para declarar su barata hegemonía entre su clan.

La violencia desmedida le do un puntazo al rostro del fútbol mexicano y a sus directivos, porque siguen pasando los días y no ha pasado nada; pero eso sí, usted y yo tenemos los videos en nuestra cabeza dando vueltas y vueltas, y en las redes, cientos de imágenes y muchas como estas en donde los rostros son tan claros que cualquiera podría reconocerlos.

La imagen como un documento que constata que sí pasaron atrocidades allí dentro por personajes como estos.

gallos vs Atlas