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El último reporte inflacionario antes del día de las elecciones no le sirve a la 4T para hacer campaña, porque deja ver que una de las promesas que más mexicanos encantó simplemente no se ha cumplido.

Las gasolinas han tenido un aumento anualizado de 30%, el gas LP, también 30 por ciento. Porque son precios que están sujetos a la oferta y la demanda y no a las promesas de campaña de mantenerlas siempre a la par de la inflación e incluso, aunque lo haya olvidado el presidente López Obrador, la promesa era bajarlas de precio.

Los precios de las gasolinas y de prácticamente todos los productos y servicios se vieron afectados por los efectos de la pandemia del Covid-19.

Sólo hay que recodar dónde estábamos los mexicanos, y buena parte de los ciudadanos del mundo, en mayo del 2020. Estábamos, efectivamente, dentro de nuestras casas. Las economías se paralizaron y los automóviles no circulaban, por lo tanto, no consumían gasolinas.

Y en un mercado que se rige por la oferta y la demanda, los precios de los combustibles se derrumbaron. Habrá quien recuerde que hace un año se conseguían litros de gasolina magna por debajo de los 17 pesos.

Pero en la tribuna mañanera, lejos de darle su justa dimensión a estos fenómenos económicos, se ha querido privilegiar el discurso de los otros datos. Y, entonces, ese aumento de 30% es una sopa de su propio chocolate. Por eso, de gasolinas hoy no se dice ni pío.

Pero hay que seguir con atención qué está pasando con los precios ahora que estamos en esta fase de desconfinamiento.

En aquellos días de encierro, las mayores presiones inflacionarias los cargaban los precios de los alimentos. Las familias dejaban de gastar en otros satisfactores, productos y servicios, y tenían mayor disponibilidad de gastar en alimentos que en calidad y cantidad no suelen consumir.

El subíndice de los precios de los alimentos, bebidas y tabacos, que se podían conseguir y consumir en el confinamiento, se disparó al doble de la inflación general. Lo mismo sucedió con otros productos de uso doméstico, como los televisores, por ejemplo.

Ahora que los semáforos epidemiológicos se relajan, las presiones inflacionarias se han traspasado a otros precios. En el reporte inflacionario de la quincena pasada, el subíndice de mercancías no alimenticias pasó de una inflación anualizada hace un año de 2.22 a 5.80% este año. La gente está de vuelta en las calles y están de nuevo consumiendo y muchos tienen ahorros.

Esa misma suerte la habremos de ver con otros subíndices, como el de la educación. Cuando regresen las clases presenciales, vamos a volver a hablar del aumento en las colegiaturas en agosto y septiembre.

Y con el resto de los precios de los servicios habrá de suceder algo similar. Esos precios deprimidos por la falta de consumidores habrán de tener esas burbujas de recuperación.

Si estos aumentos porcentuales fuertes no generan la expectativa de mayor inflación, puede ayudar a regresar el equilibrio pronto.