Las cinco propuestas tóxicas del TLCAN

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Enrique CamposLa Gran Depresión

Se ha popularizado la idea de que lo que detiene el fin de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) es la necedad del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de sacar una ventaja alevosa en el sector automotriz.

Se ha popularizado la idea de que lo que detiene el fin de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) es la necedad del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de sacar una ventaja alevosa en el sector automotriz.

Este es un corte de caja actualizado de cómo va la renegociación: hay seis capítulos cerrados, entre ocho y 10 listos para cerrar. Esto es la esencia modernizadora del nuevo TLCAN.

Hay, efectivamente, una parte técnica compleja en materia automotriz por las reglas de origen del sector, pero una negociación de expertos lo puede destrabar de forma adecuada.

Pero es ese concepto de la filosofía proteccionista de Donald Trump lo que realmente tiene en ascuas la conclusión de la renegociación del TLCAN.

La realidad es que si los ministros de México y Canadá hicieron sus maletas el viernes pasado y regresaron a casa, fue porque hay una profunda necedad estadounidense en lo que bien identifican como las cinco propuestas tóxicas de Donald Trump.

Tienen diferentes niveles de veneno, pero todas las propuestas testarudas y arbitrarias del gobierno de Donald Trump son potencialmente destructoras del tratado trilateral.

El gobierno de Washington quiere eliminar la esencia del libre comercio y tener la facultad de aplicar aranceles a su antojo, por temporadas.

Si algo tiene el TLCAN es que elimina esos impuestos de importación a una larga lista de productos de los tres países, aunque los pueda aplicar a terceros. Lo que pretende Trump es tener las válvulas de apertura y cierre de los aranceles a su antojo. Imposible de aceptar cuando tuvieron que pasar décadas para llegar a los aranceles cero de los que ahora goza la región.

Otra propuesta de alta toxicidad es la necedad de la Casa Blanca de debilitar los mecanismos de solución de controversias entre las partes. Los proyectiles van dirigidos a los capítulos 11, 19 y 20 del actual TLCAN, que regulan las inversiones, el trato entre gobiernos y particulares, y entre estados para la solución de controversias. Trump quiere ser juez y parte, quiere ser el gran César del circo romano que empuje su pulgar en la dirección que crea que debe comportarse el comercio con sus socios.

Tercer dardo envenenado. Quiere el gobierno de los Estados Unidos controlar las políticas cambiarias de sus socios. Sí, en la paranoia del presidente Trump, quiere evitar que México y Canadá manipulen sus monedas para obtener ventajas cambiarias en el libre comercio.

Quizá no le entiende a que el gran culpable de que el dólar sea hoy una moneda tan cara y un estorbo para el comercio de su país es el propio Trump y su sobrecalentamiento económico. No hay manera de aceptar esta injerencia.

Otro veneno en negociación es la idea de Estados Unidos de que puede dictarle a los congresos de México y Canadá cómo deben redactar sus propias leyes comerciales, regulatorias y laborales para que sean idénticas a las de aquel país.

Y, por supuesto, ese veneno de efecto inmediato que es la cláusula sunset, para que el TLCAN pueda morir súbitamente si así lo quiere el emperador.

Tal pareciera que Donald Trump no quiere negociar, sino que quiere invadir a sus dos socios y vecinos, colgar su bandera en la Ciudad de México y Québec, y entonces sí anunciar un nuevo TLCAN.