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La cobertura periodística y difusión de opiniones sobre las dos grandes historias del otoño, los desaparecidos de Ayotzinapa y la casa de Las Lomas, ha sido exhaustiva. En internet, radio, prensa, incluso televisión. En los medios nacionales y aprovechando los internacionales.

El límite no parece otro que la capacidad de medios, periodistas y autores para conseguir mejor información y hacer mejor análisis. Quien hable de censura, no se ha tomado la molestia de leer, escuchar, ver, cotejar.

Hay, en cambio, desdén o franca omisión ante hechos extraordinariamente escandalosos. Por corrección política o cobardía, los medios han decidido ignorarlos o marginarlos al mero registro.

Referí aquí el lunes la manera en que tres mujeres y nueve hombres fueron amarrados y exhibidos en una manifestación por los 43 desaparecidos en Reforma. Los pasearon como perros con un letrero en el pecho. Hoy es una historia olvidada. Gajes de la protesta, se dirá.

Ayer escuché el testimonio del ex líder del PRD en Guerrero, Carlos Reyes, obligado por activistas a caminar dos horas con el letrero “Somos ratas del PRD”. Me dijo que aceptó la repugnante humillación para no complicar la grave circunstancia.

Testimonio que también pasó de largo. Son demasiados casos ya para no pensar que la mayor parte de los medios se ha refugiado en el “no le echemos más leña a la hoguera”: porque están muy dolidos, muy enojados; porque no nos vayan a amarrar a nosotros; porque no se vaya a pensar que pedimos la represión o avalamos “el crimen de Estado del 26 de septiembre”.

Se llama autocensura. Autocensura que alcahuetea el ultraje.