La revolución económica de los autómatas


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Enrique CamposLa Gran Depresión

Dicen que el papa Francisco estaba muy enojado con aquello de que en Argentina ya tenía una cuenta de WhatsApp en la que interactuaba con los fieles compatriotas. Al final se trató de un engaño porque las respuestas obtenidas en este servicio de mensajería no eran del santo smartphone papal, sino generadas por un bot.

Dicen que el papa Francisco estaba muy enojado con aquello de que en Argentina ya tenía una cuenta de WhatsApp en la que interactuaba con los fieles compatriotas. Al final se trató de un engaño porque las respuestas obtenidas en este servicio de mensajería no eran del santo smartphone papal, sino generadas por un bot.

Esa inteligencia artificial generaba respuestas que bien podrían venir del máximo jerarca católico, pero realmente se emitían automáticamente desde una computadora dotada con inteligencia artificial.

La anécdota está en el engaño a quien pensaba que chateaba con el papa Francisco, no hay ninguna sorpresa en hacer referencia a computadoras, bots, inteligencias artificiales que hacen el trabajo de un ser humano.

Pero en el fondo lo que más debería llamar la atención es esta tendencia acelerada de sustitución de las actividades humanas por máquinas autómatas que cada vez más desarrollan habilidades y cada día a costos más bajos.

Desde las tres leyes de la robótica de Isaac Asimov hasta el Blade Runner de Ridley Scott, hay una exuberante imaginación y muchos temores sobre la interacción de las máquinas y el hombre. La ciencia ficción retrata muy bien el miedo a la rebelión de las máquinas, pero el paso previo en el que estamos ahora mismo es la sustitución laboral de los fierros en el lugar de los humanos.

La tecnología históricamente ha remplazado la mano de obra humana, desde el arado, pero la nueva revolución incluye la presencia de inteligencia artificial que es capaz de tomar decisiones, una característica que hasta las herramientas más sofisticadas de mediados del siglo pasado eran incapaces de tener.

En China, la redacción completa de algún diario es controlada por un solo programador que controla un ejército de redactores autónomos que procesan la información sin intervención humana. Hay máquinas que hoy se usan en oficinas de recursos humanos para calificar perfiles de los candidatos que envían en línea sus solicitudes, las entrevistas son con un interlocutor virtual.

El robot iFlytek, en ese mismo país asiático, acaba de aprobar, con su inteligencia artificial, un examen para obtener una licencia que le permita ejercer como médico. Las operaciones de los mercados financieros no se hacen con operadores gritones en el piso de remates, sino con computadoras que reaccionan en fracciones de segundo. Los gritos de Wall Street son más para turistas.

Para que nos demos una idea de la velocidad de la automatización hay que ver que China tuvo este año una producción anual de robots industriales que superó 100,000 unidades. Nunca antes en la historia un solo país había producido tantos autómatas.

No son máquinas para poner taparroscas o apretar tuercas, son máquinas capaces de tomar decisiones y de simplificar una amplia variedad de procesos industriales.

Seguramente nada de esto es algo que nos sorprenda en estos días, que un robot sea capaz de construir otro robot puede sonar cotidiano, pero es justo esa línea industrial la que le está cambiando la historia económica al planeta.

Donald Trump culpa a México de robarse los empleos de los ciudadanos estadounidenses cuando la automatización tiene mucho que ver con este cambio radical y definitivo en el mercado laboral.

En México, el futuro lo conciben algunos como premiar con un sueldo a quien ni trabaje ni estudie, cuando el incentivo debe ser preparar a la fuerza laboral que sea compatible con este inevitable cambio en el futuro.