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Lo inmediato, hoy, es que se pueda dar una transición sin sobresaltos. Que la ceremonia de juramentación se dé en orden, que en los alrededores se contenga cualquier manifestación de los grupos extremistas simpatizantes de Donald Trump y que Joe Biden pueda irse en paz al Salón Oval de La Casa Blanca a firmar sus primeros decretos. Eso es lo deseable para este miércoles.

A partir de ahí, vienen las medidas urgentes. Primero, recomponer las medidas de contención del Covid-19 para tratar de frenar los contagios y al mismo tiempo rediseñar la estrategia de vacunación para alcanzar a la mayor cantidad de ciudadanos en el menor tiempo posible.

A la par, la administración de Biden, con Janet Yellen en el Departamento del Tesoro, deberá ampliar los programas de estímulo fiscal para procurar una rápida recuperación económica.

Y algo muy importante: deben ser capaces de comunicar muy bien a los ciudadanos que están tomando buenas medidas para su país.

Una vez que estas medidas generen un buen impacto en la opinión pública y en los mercados, de inmediato el gobierno entrante debe planear la estrategia de aterrizaje de todos esos planes emergentes.

Hay costos financieros, como el aumento del endeudamiento y un mayor desbalance presupuestal. Claro, son los dueños de la fábrica de dólares y todo el mundo quiere esa moneda, por lo tanto, pueden reparar con más facilidad que otros países sus desequilibrios.

Pero viene ahí otro desafío. Tanto han echado mano de la fábrica de dólares que hoy su economía está inundada de billetes verdes, muchos guardados bajo el colchón esperando el momento de asaltar los centros de consumo. Eso implica un reto inflacionario en no mucho tiempo.

El circulante aumentó en Estados Unidos alrededor de 25% entre marzo y el cierre del año. Esos son muchos dólares que tenían razón de ser en una economía paralizada, pero que pueden ser un reto al momento que las actividades económicas reinicien su despegue.

El gobierno entrante de Joe Biden tiene que llegar a los ciudadanos por el lado del bolsillo para desactivar la bomba social que le dejó sembrada Trump y eso incluye más medidas expansivas que estarán lejos de contener la lluvia de dinero en circulación.

Está claro que hoy tanto la Reserva Federal como la exbanquera central convertida en secretaria del Tesoro, son hoy más tolerantes con los niveles de inflación. Pueden hacerse de la vista gorda si no se cumple 2% de inflación anualizado, pero tampoco aceptarían un desborde en el aumento de los precios.

Y mientras la vacuna no genere una verdadera inmunidad de rebaño que permita el regreso a cierta normalidad, no hay manera de que los demócratas quiten el pie del acelerador de los programas de subsidio a la economía.

Por lo pronto, hay que esperar que hoy Biden pueda instalarse de manera segura en la silla presidencial y empiece a sacudirse toda esa herencia negativa que le dejó a su país ese paso de Trump por el poder.