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El populismo no es nuevo en México, simplemente que durante al menos tres décadas nos dedicamos a pagar las consecuencias de este tipo de políticas, y algunos de sus residuos todavía pesan en los presupuestos actuales.

Al paso del tiempo parece que hemos olvidado, o simplemente no conocemos, las funestas consecuencias de avalar las irresponsabilidades presupuestales.

No tener memoria histórica de las malas decisiones económicas es uno de los peores errores en un país. La última gran crisis, con todo y disparo inflacionario, ocurrió hace 22 años, y las crisis derivadas del peor populismo de Luis Echeverría y José López Portillo ocurrieron hace más de 30 años, antes de que naciera más de la mitad de la población de este país. Por eso es que hoy no provocan escalofríos las medidas con las que se presentan algunos precandidatos presidenciales.

Debe quedar claro que ocurrencias como una pensión universal como premio por ser mexicanos o un sueldo a manera de incentivo para quien ni estudia ni trabaja son aberraciones para las finanzas públicas. Simplemente porque ninguna de las dos propuestas es financiable sin un recorte de otros gastos, algunos muy importantes, o sin un aumento de impuestos.

La manera como pretenden explicar sus promotores la manera de financiar esas ocurrencias pertenece más al terreno del pensamiento mágico que al de la economía.

Un político convencional toma la aberrante decisión de prometer y después no cumplir. Parece ser el caso del iluminado de costumbre y del que ahora se enciende como cerillo.

Pero un populista contemporáneo tiende a cumplir con aquellas promesas de campaña más absurdas que le permitan alimentar su ego y, de paso, presentarse como confiables ante su clientela política.

Ahí está Donald Trump reconociendo, por ejemplo, a Jerusalén como la capital de Israel, con todo y lo riesgoso que eso es hasta para el propio pueblo judío. O su muro en la frontera con México, que seguro empieza a levantar el próximo año.

Un subsidio generalizado e indiscriminado, como el que proponen Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador, no va acompañado de ninguna reflexión, algún ejercicio presupuestal. Es una promesa atractiva para atraer votantes.

Y falta ver si desde la trinchera priista no pretenden replicar el anzuelo que usaron en el Estado de México del salario rosa a todas las mujeres, que resultó ser un auténtico salvavidas para una causa que se veía perdida.

Si los electores se enganchan en esta trampa, corren el riesgo de que cualquiera de los candidatos que gane incumpla las promesas. Si son opositores, le echarán la culpa a los que se fueron por no dejar los recursos necesarios para sus planes.

Pero si en esa megalomanía se animan a decretar algo así, van a devastar las finanzas públicas.

Las campañas son momentos acalorados que se parecen más a un concurso de descalificaciones que a un intento de contrastar propuestas. Pero aun al calor de estos meses intensos de campañas, incluida esta fase disfrazada de precampañas, hay que aplicar siempre el filtro lógico del cómo hacerle para que puedan cumplir.

La falta de memoria histórica le ha dado una oportunidad dorada al populismo.

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