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En el barullo de las encuestas que nos rodean quizá algo claro que podemos decir es que los promedios de sus datos no sirven para mucho.

Es absurdo promediar una encuesta que da 70 puntos de ventaja a una candidata con otra que le da una ventaja de siete puntos, como es el caso hoy en la cuesta de las encuestas de México.

La diferencia entre ambas encuestas es tan alta que una de las dos encuestas miente. Probablemente las dos.

La verdad no puede estar en el promedio de dos posibles mentiras, de dos enormes outliers, como llaman los encuestadores a los resultados que están fuera de toda lógica.

Con esos promedios conciliadores de diferencias inconciliables, quedamos a ciegas sobre lo que realmente está pasando en la opinión pública. Las encuestas dejan de ser indicadores claros.

Hay encuestas que se venden, lo sabe todo mundo, y ensucian el mercado de las encuestas serias. Pero incluso entre encuestadores serios hay diferencias que no resisten el margen de error.

Por ejemplo: Consulta Mitofsky de Roy Campos reportó hace dos días en El Economista que la aprobación del Presidente es de 54%. Alejandro Moreno reportó en El Financiero que la aprobación es de 56%. Pero el diario Reforma reportó una aprobación presidencial de 73%, casi 20 puntos arriba que los otros.

Incluso las encuestas serias tienen diferencias descabelladas y complican el panorama de la credibilidad en las encuestas.

Sólo será posible saber quién dijo la verdad cuando las votaciones se hayan realizado, pero para ese momento las encuestas habrán influido en el resultado, sembrando en los votantes ideas y datos que los inducen a votar de un modo o de otro.

De “Las encuestas como propaganda”, los lectores pueden encontrar un buen análisis, en el artículo del mismo nombre, publicado por Rafael Giménez en la revista Nexos de marzo.

Pero de las encuestas como inexactitud involuntaria, como mediciones fallidas, como errores en el conocimiento de la realidad, sólo pueden salvarnos los encuestadores serios, poniéndose de acuerdo en las reglas fundamentales de lo que miden y de la forma en que comunican sus resultados.

En particular, sugiero, dejar de dar por buenos promedios de resultados locos, incompatibles entre sí.