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Cuando acabó el ciclo escolar 2020-2021, en plena pandemia, se hizo viral el video de una maestra en San Luis Potosí que no daba crédito a que los papás de muchos de sus alumnos festejaban que sus hijos habían logrado pasar al siguiente nivel con seis de calificación, cuando muchos no habían entregado una sola tarea.

Y es que por órdenes de la Secretaría de Educación Pública ningún alumno podía obtener una calificación menor al seis, que es el nivel más bajo para aprobar. La queja de la maestra era no procurar el esfuerzo de los alumnos y festejar la mediocridad.

Bueno, con bombo y platillo la Secretaría de Hacienda nos invitó la semana pasada a festejar que la firma calificadora Fitch Ratings había decidido no mover la nota soberana de México de su nivel actual de “BBB-” y con un panorama estable.

La parte positiva de que Hacienda festeje este seis de calificación de México es que por ahora se aleja la posibilidad de una degradación crediticia costosísima para el país y que permite tener estabilidad de aquí a los días más complejos de la sucesión presidencial.

La parte negativa es que México se mantiene en el borde del precipicio del grado de inversión, porque más allá del actual “BBB-” están las deudas calificadas como basura que son incompatibles con una estabilidad financiera como la que México construyó desde principios de este siglo.

Más allá del bonito retrato que Hacienda nos regala de la ratificación de la calificación de Fitch Ratings, en el documento original sí hay señalamientos sobre los riesgos que podrían llevar a México a perder el grado de inversión.

El riesgo mayor que evalúa el comité de mercados de Fitch, que podría hacer a México perder ese último escalón antes del barranco del papel basura, tiene que ver con Petróleos Mexicanos y la manera como las finanzas públicas queden comprometidas en respaldar a una empresa petrolera con tantos problemas y que puede arrastrar a un incremento en la deuda pública y a un mayor desbalance fiscal.

Gastar de más en los tiempos electorales, los siempre presentes temas de gobernanza, que se descomponga el ambiente político y con ello aumente la desconfianza en la economía, también están en el balance de riesgos.

La calificación que esta firma asigna a un país o empresa, junto con otras firmas como Standard & Poor’s o Moody’s, son sólo un referente para sus clientes.

No son inquisidores ante los que hay que cumplir con sus requisitos para no reprobar. Pero sí tienen la confianza de sus clientes para recomendar o no un destino de inversión y una mala calificación sí puede ser el disparo de salida para una crisis económico-financiera de grandes dimensiones.

México juega en la orilla de los niveles recomendables para invertir, por lo que hay que poner el doble de atención en los riesgos, que no son ficticios, en el caso de México.

Ratificar el último escalón del grado de inversión está muy bien para lo que podría estar hoy sucediendo con las finanzas públicas del país. Pero no estamos para hacer fiestas porque las finanzas y la deuda públicas sacaron un seis de calificación en los mercados financieros internacionales de los que tanto depende.

El riesgo mayor que evalúa el comité de mercados de Fitch, que podría hacer a México perder ese último escalón antes del barranco del papel basura, tiene que ver con Pemex.