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La política exterior del expresidente Donald Trump parecía más enfocada en pelearse con los aliados que en defender las posiciones de Estados Unidos frente a los adversarios tradicionales.

Siempre fue más propenso a insultar a Angela Merkel, canciller de Alemania, que a tener diferencias con Vladimir Putin, presidente de Rusia. Parecía más dispuesto a deshacerle la mano en un apretón a Shinzo Abe, primer ministro japonés, que a negarle una fotografía al dictador norcoreano Kim Jong-un.

Con China hacía rounds de sombra por los temas comerciales, pero volteaba para otro lado cuando Beijing aplastaba las manifestaciones de Hong Kong. Buscaba Trump amistad con otros populistas al sur, aunque al norte se peleara con el primer ministro canadiense Justin Trudeau.

Obviamente, cuando Joe Biden llegó a la Casa Blanca el establishment respiró tranquilo porque se recompondría el camino diplomático tradicional de Estados Unidos.

Y así fue, entre las primeras acciones del demócrata en la Casa Blanca estuvieron el regreso estadounidense al Acuerdo de Paris, el nombramiento aquel de Trudeau como su mejor amigo y un diálogo más fluido con los socios europeos, sobre todo los de la Unión Europea.

Pero, al mismo tiempo, en ese intento de dejar sentir una clara diferenciación del gobierno anterior de Donald Trump, puede que la actual administración esté cometiendo algunos excesos.

Uno muy notorio para los mexicanos no es el regreso a la tradicional distancia demócrata con el gobierno mexicano, sino los efectos de un giro radical en la política migratoria con una estrategia inconclusa y confusa.

Toda la inflexibilidad que mostraba el gobierno de Donald Trump, con todo y el respaldo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador para cuidar la frontera de Estados Unidos, y que espantaba a los migrantes, se ha interpretado ahora como una política de fronteras abiertas y el drama humano en el cruce de México a Estados Unidos es mayúsculo.

Trump prácticamente ordenó a México frenar la migración si no quería pagar consecuencias comerciales y ahora, de acuerdo con medios estadounidenses, el gobierno de Biden negocia esa misma protección mexicana a cambio de vacunas, pero lo hace con una crisis migratoria en curso.

Otro de esos cambios en la política exterior de los demócratas alcanza a los enemigos tradicionales. Con China, por ejemplo, hay menos estridencia en las declaraciones. Pero hay más dureza en los planteamientos.

Esta semana entraron en vigor sanciones estadounidenses en contra de funcionarios chinos por limitar la autonomía de Hong Kong y el gobierno de Xi Jinping ya elevó el tono de respuesta a Washington llamándolos fanfarrones.

Pero lo que se debe llevar los reflectores, por la estridencia y por las consecuencias, son esas palabras del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, llamando asesino a Vladimir Putin, después de que sus equipos de inteligencia demostraran la participación rusa en un intento de desestabilización política en las pasadas elecciones de noviembre.

Es muy probable que el Presidente de Estados Unidos acabe de elevar el grado de alerta de conflicto internacional, el famoso DEFCON, tras señalar con esas palabras al Presidente ruso.

Es otro estilo de política internacional y seguro otras consecuencias las que veremos.