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Los servicios de atención médica gratuita que suprime el Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi), respecto del anterior diseño, es quizá la mayor pérdida de derechos sociales que se haya tenido en una reforma de la salud pública de México.

El Seguro Popular cancelado por esta reforma había significado quizá el mayor salto en cobertura que había dado ese mismo sistema.

Hablo de cantidades, no de calidades, y no en añoranza de un sistema de salud perfecto, impenetrable a la corrupción, a la ineficiencia o a la simulación. Simplemente era un sistema que protegía mejor y a más gente que el que perfila el nuevo Insabi.

Hablamos de 53 millones de derechohabientes del Seguro Popular a quienes se les ha suprimido de un plumazo la atención gratuita —con una cuota de recuperación ajustada a sus posibilidades— en el tercer nivel de cuidados médicos, el de las enfermedades más caras, las que requieren el cuidado de hospitales de especialidades, las que puede quebrar no solo la salud de una familia, sino también su patrimonio.

Los 53 millones de ex beneficiarios del Seguro Popular han perdido también el derecho a la atención gratuita del cáncer y la realización de trasplantes, así como la cobertura personal, no por enfermedad determinada, no solo del beneficiario, sino también de su familia.

El Insabi conserva cuestiones fundamentales y sería una mentira decir que desatiende lo esencial, porque garantiza atención gratuita y medicamentos sin costos para el primero y el segundo nivel de salud, que constituyen la abrumadora mayoría de los casos tratados. Mantiene también sin costo la atención al sida.

La supresión de servicios gratuitos al desaparecer el Seguro Popular sigue siendo enorme, sin embargo, y en algunos grupos vulnerables cuya sola enunciación subleva el ánimo, por ejemplo, la de los niños con cáncer.

Las razones aducidas de que había que cambiar el sistema para combatir la corrupción, suprimir los negocios con medicinas y ajustar el abuso en los sistemas de salud de los estados, no apuntan al corazón social del problema, sino a sus excrecencias indeseables.

Y el dicho de que el Seguro Popular ni era seguro ni era popular, es simplemente una mentira.

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