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El insomnio y su pariente que es despertar antes del alba, me pusieron en sintonía con las imposibles horas en que ha jugado la selección mexicana de futbol en la olimpiada de Tokio. He padecido media vida la pasión nacional de creer en la selección y seguir sus pasos en todas las categorías.

Perdí esa pasión en los infaustos tiempos de un entrenador colombiano que hablaba del juego como de un algoritmo.

Caí ahora en otro mundo: vi a la selección olímpica que se jugará su pase a la final este martes, a las 3 de la mañana, con Brasil. Será por el insomnio o por la desmañanada, pero lo que he visto en estas horas irreales es la mejor selección que recuerde.

Es un equipo de futbol superior: joven, rápido, duro, contundente, brillante. Ha hecho 14 goles en cuatro juegos, más de la mitad frutos de la verbena colectiva y otros tantos fruto del genio individual.

Con todo respeto para la tradición, es el mejor equipo mexicano de futbol que se haya presentado a una competencia . Y conste que ya hubo uno que ganó el campeonato mundial sub 17 y otro la olimpiada de Londres.

La maldición futbolística mexicana es que cuando todo va bien, empieza a ir mal. Es muy posible que mañana la selección dé el mexicanazo y pierda. No lo creo. Pero no hablo de lo que sucederá, sino de lo que ya sucedió en Tokio, donde hemos visto a una selección mexicana buena como la mejor del mundo.

Lo hecho por esta selección no tiene precedente en eficacia, carácter, consistencia y brillantez futbolística.

Lo digo con fe de villamelón (aficionado que habla de un juego que no entiende) y a la espera del revés de siempre.

Salvo esto: pase lo que pase esta madrugada con Brasil, lo que han hecho estos muchachos en Japón es ya lo mejor que ha hecho en ninguna parte una selección mexicana.

Lo mejor que recuerde al menos mi memoria de villamelón.

Creo que vamos a extrañar a este equipo o lo vamos a recordar como el inicio de una época de gloria del futbol en estos pagos, que diría Román Revueltas.