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El viernes pasado atestiguamos la irrupción de la caravana de migrantes hondureños a Chiapas. Si bien todos los días advertimos la dura realidad que enfrentan nuestros compatriotas en Estados Unidos, no habíamos visto tan nítidamente el drama de los indocumentados centroamericanos ni el dilema que ello plantea al gobierno de México.

Si vemos hacia el sur, el espejo de la migración no refleja la mejor cara de los mexicanos. Hay muestras de solidaridad con los migrantes, por supuesto, como las de quienes les ofrecen agua y comida en su camino. También hay quienes, como Enrique Krauze, han llamado al gobierno a no traicionar la “vocación de abrigo y fraternidad” del pasado. Otros han dicho que no debemos comportarnos como Trump lo hace con nuestros compatriotas.

Sin embargo, la mayoría de los comentarios que circularon el viernes en las redes sociales eran radicalmente distintos. Mientras unos pedían la intervención del Ejército para detenerlos “a punta de lo que sea”, otros exigían que se fueran “de un país que no los quiere” e incluso decían que “la mayoría (…) vendrá a robar y a violar”. Estas expresiones no distan mucho de aquellas dirigidas a nuestros paisanos que tanto nos ofenden. Algunas parecen sacadas del discurso de Trump.

Más allá de las redes, el Índice de Aceptación a la Migración de Gallup (2017), que mide el estado de la opinión pública sobre este tema, coloca a México en un poco honroso lugar 94 entre 139 naciones. Significativamente, Estados Unidos aparece en el sitio 18 con una actitud mucho más abierta hacia los migrantes. Hay que decirlo: los mexicanos no somos tan tolerantes con los migrantes como suponemos.

Al final, el espejo proyecta un panorama extremadamente complicado para el gobierno mexicano. De un lado, un sector exige que el país recupere su espíritu fraterno y, del otro, una mayoría rechaza la migración. La propuesta del próximo gobierno de dar empleo a los centroamericanos puede animar a los primeros, pero difícilmente convencerá a la extensa población restante.