Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Este era un rey que tenía…

Rafael-Cardona

Rafael CardonaEl Cristalazo

No parece justicia poética; luce más como una pantalla, una farsa, un disfraz, un camuflaje, para ocultar la vacunación privilegiada

Conocí a Eugene Ionesco en 1974 durante la Audiencia Internacional Sajarov en Copenhague. Casi diez años antes se había estrenado en París la obra “El rey se muere”, una de las cumbres en su cordillera genial de realidades teatrales tan absurdas como la vida misma.

–No es una parodia; tampoco una caricatura. Es un retrato del poder, me dijo en una conversación, parte de la cual publiqué en “Excélsior”.

En esa pieza Ionesco dibuja una realidad palaciega esperpéntica en cuya síntesis el rey –cuerpo maltrecho del poder absoluto–, se niega a morir, pero se debe morir porque así esta escrita la obra. Y el final, también en el teatro, debe cumplirse inexorablemente.

Mientras el monarca, ciego y sordo, como suelen ser todos los dictadores en su lejanía de la realidad, espera el final y da órdenes sin ton ni son, para imponer su voluntad póstuma o delirar caprichos infinitos, lo mismo en la defunción o la vida, el reino se desbarata en el garabato de la comprensión del momento o el mandato más allá de la muerte.

El médico –en una de las primeras escenas– le dice como si hablara de una pandemia:

“…El rayo se inmoviliza en el cielo, las nubes se llenan de ranas, retumba el trueno. No se le oye porque es mudo. Veinticinco habitantes se han licuado. Doce han perdido la cabeza…”

Mientras yo releía las escenas de Ionesco, se divulgaba una noticia sorprendente por su reminiscencia monárquica o al menos virreinal: el presidente de la República ha designado a un gobernador del Palacio Nacional y pronto lo hará con el centro cultural de las Islas Marías, llamado “Muros de agua”; en homenaje a José Revueltas (preso ahí en los tiempos de la colonia penitenciaria) quien llamó así una de sus grandes novelas.

Pero eso no nos debe importar, Cervantes hizo gobernador de la ínsula Barataria a Sancho Panza y Calígula le dio un consulado a “Incitatus” antes de encumbrar a Félix Salgado Macedonio.

Pero la lectura de Ionesco nos sorprende por su precisa e inclemente descripción de eso conocido en el estudio de la personalidad, como “Hybris”.

Un delirio derivado del poder por el cual quien lo tiene se asume como un ser irreal o al menos absolutamente distinto de los demás, no por el cargo sino por la transfiguración. Unan nueva naturaleza, una circunstancia mas allá de la condición humana simple: yo ya no me pertenezco, yo soy del pueblo.

Y el pueblo suyo y para él, propiedad y encarnación.

“…Que todas las ventanas iluminadas tengan el color y la forma de mis ojos y que los ríos dibujen en las llanuras el perfil de mi rostro… Soy siempre yo el que piensa en los demás; en todos. ¡Entrad en mi vosotros, sed yo; entrad en mi piel!

“Margarita– ¿Y si reencarnaras? Puede ser que vuelvas.

“Rey —Que mueran todos con tal de que yo viva eternamente aunque sea solo en el desierto! Yo me las arregló en soledad. Mira que me voy a acordar de los demás y los voy a extrañar sinceramente. Siempre es mejor extrañar que ser extrañado. ¡Luz, socorro!

Sigue el rumano:

–“Sí, sin mí, sin mí. Se van a reír, van a comer, van a bailar sobre mi tumba. Como si nunca hubiera existido. ¡Por favor acuérdense de mí! Lloren, desespérense.

“Perpetúen mi memoria en todos los manuales de historia.

“Que todo el mundo sepa mi vida de memoria.

“Que los estudiantes y los sabios no tengan más tema de estudio que yo, mi reinado, mis hazañas.

“Que se quemen todos los demás libros, que se destruyan todas las estatuas, que se ponga la mía en todas las plazas públicas.

“Que mi imagen esté en todos los Ministerios, las oficinas y los hospitales.

“Que se olviden todos los demás reyes, los guerreros, los poetas, los tenores, los filósofos y que no exista más que yo en todas las conciencias. Un solo nombre de pila, un solo apellido para todo el mundo.

“Que aprendan a leer deletreando mi nombre…

“Que mueran todos con tal de que yo viva eternamente aunque sea solo en el desierto! Yo me las arregló en soledad. Mira que me voy a acordar de los demás y los voy a extrañar sinceramente. Siempre es mejor extrañar que ser extrañado. ¡Luz, socorro!

Y la realidad:

“Tengo una ambición legítima, quiero pasar a la historia como uno de los mejores presidentes de México y no le voy a fallar al pueblo, y voy a lograr mi propósito…

“…Vamos a heredar un México más justo y más igualitario a nuestros hijos, a las nuevas generaciones, para eso es esta lucha, para hacer historia, imagínense si después de años de lucha se llega al gobierno y en vez de trabajar para el pueblo se hace lo que en ocasiones se llevaba a cabo, se busca nada más el beneficio personal, el lucro, el hacernos grandes con la riqueza mal habida, así se puede pasar a la historia, pero al basurero de la historia…”

El teatro:

“Guardia – Su majestad está oficialmente ciego.

Margarita – Va a mirar hacia adentro. Verá mejor.

Rey – Veo las cosas, veo los rostros y las ciudades y los bosques, veo el espacio, veo el tiempo.

Margarita – Mira más allá.

Rey – Más lejos, no puedo.

Margarita – Lanza una mirada más allá de lo que ves.

Rey – El océano; no puedo ir más lejos, no sé nadar.

Médico – Falta de ejercicio.

Margarita – Llega más al fondo de las cosas.

Rey – Tengo un espejo en las tripas, todo se refleja, veo cada vez mejor, veo el mundo, veo la vida que se va.

Margarita – Mira más allá de los reflejos.

Rey – Me veo. Detrás de todo, estoy. Por todas partes no hay más que yo. ¿Estoy en todos los espejos o soy el espejo de todo?

Margarita – Se ama demasiado.

Médico – Narcisismo.

Margarita – Ven. Acércate.

Rey – No hay camino.

“(Desde hace algunos instantes, el Rey avanza a ciegas, con paso inseguro)

“Rey – ¿Dónde están las paredes, las puertas, las ventanas? ¿Dónde están los brazos?

“Margarita – Las paredes están ahí, Majestad. Estamos todos. Acá tiene mi brazo.

“Albardero.—Majestad, mi comandante, él fue quien inventó la pólvora. Robó el fuego a los dioses y después con el fuego, prendió la pólvora. Casi salta todo. Todo lo detuvieron sus manos, todo lo recompuso. Yo lo ayudaba. No era cosa fácil. El tenía muy poca paciencia. Instaló las primeras fraguas que existieron en la Tierra.

“Inventó la fabricación del acero. Trabajaba dieciocho horas de cada veinticuatro.

“A nosotros, nos hacía trabajar todavía más. Era ingeniero en jefe. El señor ingeniero hizo el primer globo, después el globo dirigible.

“Por fin, construyó con sus propias manos el primer aeroplano: no lo consiguió al primer intento. Los primeros pilotos de ensayo, Ícaro y otros cuantos, cayeron al mar hasta el momento en que decidió ser piloto él mismo. Yo era su mecánico.

“Mucho antes, cuando era delfín niño, había inventado la carretilla. Yo jugaba con él. Después los rieles, el ferrocarril, los automóviles. Él hizo los planos de la Torre Eiffel, sin contar las hoces, los arados, las segadoras, los tractores.

(Al Rey)

“¿No es verdad, señor Mecánico? ¿Lo recuerda?”

Sólo una invención le fue vedada, la vacuna contra el Coronavirus.

GATINFLAS

Nos sorprende el aplanamiento de la curva y el descenso de los contagios en plena doma de la pandemia y el amplio alborozo por la vacunación de unos poquitos,con la desalentadora noticia: quien nos ha dicho cómo cuidarnos del contagio, quien se pasea en las playas nudistas de Zipolite mientras los demás se encierran, el inventor de la fuerza moral contra la potencia del contagio, se nos ha infectado de Coronavirus.

No parece justicia poética; luce más como una pantalla, una farsa, un disfraz, un camuflaje, para ocultar la vacunación privilegiada.

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