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La conmemoración que realizó Donald Trump del 178 aniversario de la guerra entre México y Estados Unidos no puede leerse como un simple recordatorio histórico. Es un mensaje político con destinatarios claros y efectos en la relación bilateral. Celebrar una guerra que significó para México la pérdida de más de la mitad de su territorio reabre una herida histórica y refuerza una narrativa de poder que hoy resulta provocadora.

Desde la lógica interna estadounidense, el gesto tiene ventajas para Trump. Alimenta un discurso nacionalista que conecta con su base electoral: la idea de una nación fuerte, victoriosa y soberana. Al vincular la guerra del siglo XIX con su política actual de control fronterizo y combate al narcotráfico, construye una línea simbólica entre pasado y presente, presentándose como heredero de una tradición de “defensa” territorial. Para sus seguidores, el mensaje refuerza liderazgo y determinación frente a lo que llama amenazas externas.

La pérdida de más de la mitad del territorio mexicano y los intentos por derrocar al presidente Nicolás Maduro en Venezuela responden a la misma lógica histórica: la intromisión permanente de Washington en América Latina. Desde el siglo XIX hasta el XXI, la región ha sido escenario de esa política. En 1954 impulsó el derrocamiento de Jacobo Árbenz en Guatemala; en 1961 organizó la invasión de Bahía de Cochinos contra Cuba; en 1965 intervino en República Dominicana; en 1973 apoyó el golpe contra Salvador Allende en Chile; en los años ochenta financió a la Contra en Nicaragua; en 1989 invadió Panamá; y más recientemente ha ejercido presión política y económica para propiciar cambios de régimen en Venezuela y Haití.

Los costos políticos y diplomáticos son evidentes. El tono triunfalista —al hablar de una “victoria legendaria” y de la captura “heroica” de la Ciudad de México— ignora el carácter controversial de aquella guerra, incluso dentro de la historia estadounidense. No es memoria crítica, sino exaltación de la fuerza, hoy más delicada ante insinuaciones de posibles acciones contra el narcotráfico en territorio mexicano.

Para México, la conmemoración no es menor. Reactiva un episodio que simboliza intervención, desigualdad y despojo, en un contexto donde el respeto a la soberanía es eje del discurso del gobierno de Claudia Sheinbaum. Obliga a una respuesta firme, no desde la confrontación, sino desde la defensa del respeto entre naciones.

Paradójicamente, esta evocación puede resultar contraproducente para Estados Unidos. Reavivar guerras del pasado no fortalece la cooperación regional y proyecta una imagen de arrogancia que dificulta el diálogo en migración, seguridad y comercio.

PEGA Y CORRE: El llamado de atención de Claudia Sheinbaum a dirigentes y legisladores de Morena en Baja California evidenció una falla recurrente: representantes cómodos en el cargo, pero ausentes en territorio. Mientras algunos se limitan a la agenda interna, la presidenta marcó distancia con un mensaje claro: gobernar es estar con la gente. Además, anunció un hospital general del IMSS en San Quintín, nuevas preparatorias, mejoras a escuelas, Centros de Educación y Cuidado Infantil y un centro integrador federal. Frente a la pasividad legislativa, Sheinbaum mostró rumbo, autoridad y resultados.

Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.