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Cuando las evidencias apuntan a actos de corrupción, encubrimiento e impunidad en un régimen que prometió que no habría nada de eso, es momento de sacar de la chistera los mejores distractores que se tengan a la mano y un pleito internacional es uno de los más efectivos.

El tema central de la discusión pública deberían ser los actos de corrupción descubiertos en dos organismos creados por el presidente Andrés Manuel López Obrador, lo que anula cualquier intento de poder culpar al pasado.

El tamaño de la corrupción en Seguridad Alimentaria Mexicana (Segalmex), no sólo hace palidecer al caso más emblemático del sexenio pasado que lograron posicionar como la “Estafa Maestra”, sino que, además, implica malversaciones de recursos en un área tan sensible como la proveeduría de alimentos para las clases más pobres del país.

A la presunta corrupción se suma la evidente impunidad patrocinada por el Presidente y ese manto protector que lanzó a Ignacio Ovalle, quien fue relevado de la dirección de Segalmex justo cuando se dieron a conocer los supuestos actos de corrupción.

Por supuesto que es algo que urge tapar con ese muy aceitado apartado de la propaganda y más cuando al mismo tiempo se descubren otros actos de presunta corrupción en algo que se llama nada menos que el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, donde el encargado de la Dirección de Recursos Materiales renunció después de ser acusado de extorsionar a los trabajadores.

Cuando dos de los grandes emblemas de López Obrador y su autollamada Cuarta Transformación están en medio de aquello que tanto juró el Presidente que iba a combatir, pues bien merece armar un pleito hasta con Estados Unidos.

Ahora, no es lo mismo que se eche a andar un diferendo internacional, como lo dice el manual del populista, contra España y que le exijan al Rey Felipe VI que se disculpe ¡por la Conquista! O con Perú, cuando López Obrador se atrevió a llamar espuria a su Presidenta, que buscarse un distractor montando un choque con el país vecino, del que se es dependiente en lo financiero y comercial.

Claro, en tiempos de Donald Trump había una cuña del mismo palo y lo que quedó fue aquel dicho del expresidente republicano de: “nunca vi a alguien doblarse así”.

La administración Biden había sobrellevado al régimen mexicano con distancia y condescendencia que se notaba en la frialdad de las relaciones bilaterales.

Pero las violaciones a los derechos de las empresas estadounidenses y la escalada del tráfico del fentanilo, llevadas a la frivolidad de generar un pleito entre demócratas y republicanos, es algo que enganchó, no al gobierno estadounidense, pero sí a su opinión pública.

Los legisladores republicanos están felices de enredarse con el Presidente de México en una disputa de declaraciones porque pueden perfectamente usar cualquier cosa que se digan en contra del gobierno demócrata.

Con ello obligan a la administración de Joe Biden a ser más reactivos. No sólo para forzar declaraciones más contundentes del secretario de Estado, Anthony Blinken, sino para obligar a la oficina comercial de Estados Unidos a dar esos siguientes pasos en las disputas comerciales que habían procurado no tomar, en materia eléctrica, petrolera, acerera y agroindustrial.

Este es el auténtico juego con fuego, de esos que después no se pueden apagar tan fácil.

Cuando dos de los grandes emblemas de López Obrador y su autollamada Cuarta Transformación están en medio de aquello que tanto juró el Presidente que iba a combatir, pues bien merece armar un pleito hasta con Estados Unidos.