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Si las firmas calificadoras se encargaran de evaluar el estado de muchas empresas y personas en México, su condición económica financiera sería catalogada como papel basura.

Todos aquellos que con las medidas restrictivas de la pandemia perdieron su trabajo, sus ingresos, sus negocios sin el más mínimo apoyo gubernamental para transitar los peores momentos del confinamiento perderían su grado de inversión.

Pero pueden sentirse felices, felices, felices porque esa manera de la 4T de ignorar a los agentes económicos en problemas y no soltarles ni un peso, le ha permitido conservar la nota crediticia de las tres principales firmas del mundo.

Así, en lo que va de este año, en plena pandemia y tras una caída histórica en el Producto Interno Bruto, Moody’s, Fitch Ratings y Standard and Poor’s ratificaron sus respectivas calificaciones, todas dentro del grado de inversión, pero todas también con sus salvedades.

Lo bueno dentro de lo malo de esa actitud mezquina de dejar a su suerte a trabajadores y empresas es que no aumentó su endeudamiento y pudo mantener estables las cuentas públicas, algo que adoran los neoliberales y las firmas calificadoras.

Claro que los reportes de las calificadoras no son impolutos. De hecho, Moody’s y Standard and Poor’s dejan a México con sus mismas notas, pero con perspectiva Negativa, lo que indica que vigilan de cerca algunos aspectos que les parecen riesgosos para sus clientes.

Mientras que Fitch deja la calificación de la deuda mexicana con perspectiva Estable, pero en ese último escalón que divide el grado de inversión del papel chatarra.

La situación financiera de Petróleos Mexicanos es una constante entre las preocupaciones, no sólo de estas tres firmas, sino de muchos inversionistas y analistas nacionales y extranjeros. Es una bomba de tiempo, postergada por décadas, a la que la actual administración parece no ponerle la atención necesaria.

Las transferencias fiscales son vistas como un riesgo para las propias cuentas públicas, porque Pemex aparece como un barril sin fondo.

Entre lo que no les gusta a estas firmas calificadoras está la renegociación de los contratos previamente establecidos con la iniciativa privada, en especial en el sector energético, en contra de los intereses de los particulares. Tampoco ven bien esos planes explícitos del Presidente de restar autonomía a las instituciones, ni la débil gobernanza que se aprecia en el país.

Entre lo que sí les gusta está, sin duda, el T-MEC, porque tienen claro que ese crecimiento espectacular al que apunta Estados Unidos será el único gran impulsor de la recuperación mexicana. No ven mal a Arturo Herrera en Banxico y Ramírez de la O en Hacienda. Dejan ver su aval a un Congreso con la mayoría simple necesaria para no paralizar al gobierno de López Obrador, pero sin la mayoría calificada que permita consolidar la destrucción de la vida institucional de México.

En fin, que desde la perspectiva de estos expertos en recomendar o no las inversiones, México ha comprado algo de tiempo para definir si puede mantener esos grados de inversión, ganados con muchos años de trabajo o bien se enfila al cajón de los países con deudas a nivel de papel basura.