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El único indicador que puede hacer que presidente Andrés Manuel López Obrador cambie una política pública fallida es aquel que mide su popularidad y la de su movimiento. Y aun así es muy complicado que esta administración acepte un error y eche para atrás alguna de sus políticas de la llamada transformación.

La realidad es que si los problemas del país, por importantes que sean, si no afectan la popularidad presidencial ante su feligresía, simplemente ni se ven ni se oyen.

En el Traking Poll que Consulta Mitofsky lleva a cabo para nuestro diario El Economista queda claro el fenómeno político que es López Obrador. La separación de su persona de los problemas del país seguro va a merecer tesis doctorales en el futuro, pero hoy es motivo de preocupación.

La aprobación personal de López Obrador sólo tuvo un pequeño cruce con las calificaciones negativas durante algunas cuantas semanas del peor momento de la pandemia de Covid-19 en el 2020. Sólo hay que recordar el número de fallecimientos diarios y los disparates que al respecto se decían desde Palacio Nacional.

Pero desde entonces, no hay crisis, pandemia, incremento de la pobreza, de la inflación o crisis de inseguridad que haga bajar al Presidente de los altos niveles de aprobación personal.

Ayer la popularidad presidencial estaba en un nivel de 56.8 puntos, que resulta inverosímil para los que entienden la dimensión de los problemas que enfrenta el país, pero que se explica en el nivel de idolatría que ha logrado López Obrador entre su amplia base social.

El mismo Traking Poll mide dos temas básicos, seguridad y economía. En ambos casos, los mismos que mayoritariamente aprueban a la persona, reprueban la situación económica y de inseguridad. Cuatro de cada 10 entrevistados ven una mala situación económica y la mitad de ellos notan un deterioro en materia de seguridad.

López Obrador logra sacudirse la responsabilidad de los grandes males nacionales con su magistral ejercicio de propaganda diaria desde Palacio Nacional. Como si todavía fuera un opositor, reparte culpas a su puñado de adversarios de siempre y logra ubicarse como víctima de las circunstancias, todo con un repertorio de lugares comunes que a muchos sorprende que sigan funcionando tan bien.

Mientras en la percepción mayoritaria no se vincule a López Obrador con los malos resultados seguirá ese extraño doble racero social.

Esto sólo se interrumpe cuando hay casos concretos, específicos, con nombre y apellido que hacen imposible no responsabilizar directamente a su administración.

El asesinato de dos sacerdotes jesuitas en Chihuahua parece destapar un debate en torno a su fallida estrategia de combate a la inseguridad, su famoso “abrazos no balazos”. Y si bien en la mañanera vuelve a culpar al pasado y vuelve a usar el nombre del expresidente Felipe Calderón, la realidad es que este crimen sí jala la atención social hacia su gobierno, aunque quizá por poco tiempo.

La mala condición económica es más difícil de vincular con las malas políticas públicas, porque su complejidad siempre da espacio para las explicaciones fantásticas. Pero la inseguridad y sus consecuencias tan cercanas no son tan fáciles de esconder.